Al ver que el viejo rastrero no solo no retrocedía, sino que además intentaba usar la autoridad de los superiores para acorralarlo, a don Abelardo le hirvió la sangre al punto de casi arrancarse los pocos cabellos blancos que le quedaban.
—¡Me tiene sin cuidado! ¡Renuncio, y a ver a quién engañas para que te haga el trabajo sucio!
«¡En el peor de los casos, me voy a trabajar para la pequeña jefa! —pensó—. ¡Tampoco es como si fuera el único lugar donde puedo hacer ciencia!»
Gaspar se quedó perplejo. Jamás imaginó que alguien como Abelardo, que consideraba la ciencia el sentido de su vida, pudiera pronunciar semejante atrocidad.
Temblando de la furia, señaló a Roxana acusadoramente.
—¡Abelardo! ¿Me estás diciendo que por defender a esta mocosa insolente estás dispuesto a tirar por la borda tus ideales y tu carrera? ¡Ya estás viejo para comportarte como un niño haciendo un berrinche!
Don Abelardo se había dejado llevar por la ira del momento. Sin embargo, al oír eso, se dio cuenta de que había perdido por completo la compostura.
¡Y justo frente a su pequeña jefa! ¡A su edad, uno debía cuidar su reputación!
¡Maldito viejo rastrero que lo sacaba de sus casillas!
Miró disimuladamente a Roxana por encima de sus cejas canosas. Al ver que ella no parecía juzgarlo por su arranque de inmadurez, la angustia que oprimía su pecho se disipó.
Gaspar esperaba que, tras su ataque, Abelardo explotara en justificaciones. Pero su silencio sepulcral lo puso nervioso.
Si este altercado terminaba en la renuncia de Abelardo, los altos mandos lo despellejarían vivo.
Buscaba desesperadamente alguna excusa para suavizar la situación, cuando alguien más interrumpió:
—¡Ah, pero si es mi amiguita Roxana! ¡Qué alegría volver a coincidir!
Roxana reconoció la voz al instante. Era el Doctor Lorenzo. Al voltear, confirmó que era él.
Comparado con la última vez, el anciano lucía una vitalidad envidiable.
—Doctor Lorenzo, qué agradable sorpresa.
—¡Vaya que lo es! —Los ojos de Lorenzo brillaban como si estuviera viendo la octava maravilla del mundo—. ¿No deberías estar en la escuela? ¿Viniste a buscar a Abelardo?
Al ver que Lorenzo también se sumaba a la defensa, a Gaspar le empezó a palpitar la sien.

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