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LA DESECHADA MANDA romance Capítulo 542

El asistente, viendo sus caras de asombro, pensó para sus adentros: «Si vieran las habilidades de combate de la señorita Roxana, se irían de espaldas. ¡Tengo que ganarme su favor cuanto antes!».

Roxana se quedó en el laboratorio de Don Abelardo toda la tarde. Cuando por fin se dio cuenta, ya había anochecido.

Al notar que se había pasado de la hora de la sesión de acupuntura de Valeriano, se apresuró a terminar lo que estaba haciendo.

—Roxana, no tienes que irte esta noche. Tenemos habitaciones de descanso aquí. Como aún no terminas tus experimentos, puedes seguir mañana temprano —dijo Don Abelardo, mirando las muestras selladas con ojos brillantes de emoción y esperanza.

—No puedo —respondió Roxana, quitándose los guantes y saliendo del laboratorio—. Esta semana debo realizarle las terapias a Valeriano todos los días. Solo faltan dos días para terminar, no puedo interrumpirlo ahora.

Don Abelardo, resignado, aceptó.

—Entonces mañana no tienes que ir a la universidad, enviaré a alguien a recogerte.

Al escuchar eso, Roxana se negó de inmediato.

—No es necesario, él me traerá.

¿Él?

Don Abelardo se quedó perplejo por un segundo antes de darse cuenta de que se refería a Valeriano.

Esa muchacha no era del tipo que permitía que otros se acercaran tan fácilmente. Si estaba dispuesta a dejar que él la trajera, era evidente que ya lo había aceptado en su vida.

Sintió una punzada de celos. ¡Todo por culpa de su inútil sobrino nieto que dejó escapar a una chica tan maravillosa!

—Entonces te acompaño a la salida.

—No es necesario. ¿Aún te quedan cosas por terminar en el experimento, verdad? Termínalas rápido, no te desveles, descansa temprano. Estaré aquí a primera hora de la mañana.

Las recomendaciones de Roxana hicieron que el rostro celoso de Don Abelardo se transformara en una enorme sonrisa.

—De acuerdo, prometo no desvelarme.

Tras unas horas de convivencia, los demás investigadores habían comprobado que el talento de Roxana superaba por mucho el de todos ellos; era insondable.

Por eso, cuando la vieron marcharse, sintieron pena. Pero como no tenían la confianza suficiente para pedirle que se quedara, acudieron a Don Abelardo.

Al enterarse de que la joven regresaría al día siguiente, todos respiraron aliviados.

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