Al ser una de las instituciones más prestigiosas de Puerto Esperanza, el brutal estallido en la Universidad del Sur en plena madrugada acaparó de inmediato los titulares de toda la ciudad.
Para evitar el pánico, las autoridades de la universidad emitieron un comunicado oficial asegurando que la explosión fue producto de la falla espontánea de un automóvil eléctrico. Señalaron que solo una estudiante que iba caminando cerca había sufrido heridas superficiales y que no había bajas fatales.
Además, aprovecharon para hacer un llamado a la comunidad a revisar siempre sus vehículos por seguridad.
Cuando Alcira Maldonado vio las noticias en su celular, su primer pensamiento fue: «Ojalá la herida fuera Roxana».
—Alcira, no vayas al primer piso hoy si no es necesario —dijo Cristián Mota al entrar a la habitación con un termo térmico en la mano—. Cuando llegué, vi la entrada del hospital llena de autos de lujo y hay un montón de periodistas esperando. Debe haber llegado algún pez gordo de emergencia. Mejor nos quedamos aquí y no estorbamos.
Alcira volteó a verlo. Las horribles cicatrices que deformaban su rostro ya casi habían desaparecido por completo.
Había recuperado esa imagen tierna y dulce que siempre la caracterizó.
Cristián no pudo evitar sonreír al verla.
—Alcira, ya casi no se te ven las marcas. De hecho, estás más hermosa que nunca. Al parecer, la medicina que nos dio Roxana sí funcionó. Algún día tendrás que darle las gracias en persona.
Alcira se tocó la mejilla con las yemas de los dedos. Ciertamente, su piel estaba más radiante que antes.
Pero para ella, eso solo demostraba su propia resistencia. Una sonrisa despectiva y helada se formó en sus labios por un segundo, antes de fingir devoción.
—Tienes razón. Aunque la medicina de mi hermana me hizo retorcerme del dolor los primeros días, gracias a Dios ya me recuperé y nuestro bebé está bien. Sí debo agradecerle…
Si no fuera por esa pastilla que Roxana le obligó a tragar, no habría pasado los primeros tres días deseando morirse del dolor.
Claro que debía «agradecerle». Si no fuera por la agonía que Roxana le provocó, no habría tenido una excusa perfecta para exigir su traslado a esta exclusiva clínica privada propiedad de los Sandoval.
Y, de paso, tendría una excusa para volver a contactar a Roxana. Aunque iba a casarse, en el fondo sabía que alguna vez fue el amor de la vida de Roxana. Estaba convencido de que, si él le pedía un favor, ella jamás se lo negaría.
—Ah, Cristián —añadió Alcira, cambiando de tema con fingida preocupación—, acabo de leer lo de la explosión en la Universidad del Sur. Dicen que alguien salió herido y no dejo de pensar en mi hermana… ¿Podrías averiguar cómo está? Sé que ahora tiene un estatus diferente, pero no cuenta con el respaldo de una familia adinerada. Seguro no durará mucho con Darío Soler. Al final del día, nosotros somos lo único que tiene, deberíamos cuidarla para que nadie la pisotee.
Esas palabras dieron en el punto débil de Cristián.
—Mi pobre Alcira, has sufrido tanto y sigues siendo un ángel de bondad. Conocerte ha sido la mayor suerte de mi vida.
En ese momento, las enfermeras pasaron por el pasillo hablando en voz baja, pero lo suficientemente alto para que los escucharan desde la habitación.
—¿Vieron lo que pasó arriba? ¡El joven Valeriano se pasó la noche en vela cuidando a la chica de la universidad! Desde que despertó de su coma, él casi nunca pisa el hospital, sus chequeos se los hacen en su mansión… ¡Y ahora regresa solo por ella y ni siquiera pegó el ojo!
—¡Sí, lo vi! La trata con una ternura increíble. ¡Hasta le estuvo cortando y pelando fruta con sus propias manos! ¡Juro que la forma en que la miraba me derritió el corazón a mí también!

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