—¿Estás herido? ¿Ese hombre te hizo algo?
¡Aquel sujeto era un monstruo! Aunque Darío sabía pelear, ¡jamás habría podido enfrentarse a él!
Era la primera vez desde su ruptura que ella demostraba una preocupación tan genuina por su bienestar.
El pecho de Darío se infló de alegría, y sus ojos se ablandaron por completo.
—Yo estoy bien. Pero tú, no te muevas. Tienes heridas graves y múltiples fracturas; si te mueves podrías empeorarlo.
En la mente de Dulce volvió a reproducirse la escena de Darío arrojándose sin dudar para protegerla. Una mezcla de calidez y dolor le oprimió el corazón.
«Esto no está bien.»
Conociendo el carácter de Darío, él no debería perdonarla tan fácilmente después de lo que ella había hecho en el pasado.
—¿Por qué lloras? —preguntó él al ver una lágrima escurrirse por su mejilla, y se la limpió con infinita ternura—. Si de verdad sientes que me debes una disculpa, prométeme que, cuando te recuperes, te sentarás a contarme todo lo que has pasado estos años.
Dulce no se atrevió a contestar, solo hizo un esfuerzo titánico por tragarse el llanto.
¡Toc, toc!
El sonido de la puerta interrumpió el ambiente íntimo en la habitación.
Darío frunció el ceño, irritado. ¿Quién era el inoportuno?
Pero al voltear y ver a Roxana parada en el umbral, su expresión cambió de inmediato.
—Roxana, qué bueno que viniste.
Al escuchar que su jefa estaba allí, Dulce intentó incorporarse de golpe, pero el movimiento le arrancó un gemido de dolor, dejando su rostro pálido como el papel.
Darío se apresuró a reprenderla, con el ceño fruncido:
—¡Te dije que no te movieras! ¿Ya se te olvidó?
Roxana se acercó a la cama. Al ver que, aunque estaba pálida, Dulce se veía lúcida y con buen semblante, suspiró aliviada.
—Menos mal que llegamos a tiempo. Un minuto más y no la cuentan.
—Jefa, gracias a Dios que llegaste —murmuró Dulce, ignorando el dolor—. Anoche, mientras seguía a Sergio Sarmiento, descubrí que se estaba reuniendo con un hombre. ¡Ese hombre es su verdadero líder! Escuché cómo Sergio le suplicaba que lo ayudara a salvar a su familia de la quiebra, pero el hombre se negó y le dijo que, ya que le había hecho perder a varios de sus hombres, era justo que él también pagara un precio.
Al escuchar esto, Roxana asintió lentamente.
—Ya sospechaba algo así. Además, logré averiguar que el hospital que mencionaste y este hombre misterioso probablemente pertenecen a la misma organización.
El rostro de Dulce palideció por completo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA