Tenía que encontrar a Sergio Sarmiento antes que nadie y silenciarlo.
Pero para su sorpresa, antes de que pudiera trazar un plan, fue Sergio quien lo contactó primero.
[Señor Maldonado, necesito que me haga un favor. Entretenga a Roxana Soler durante media hora. Le transferiré cinco millones como adelanto ahora mismo. Si logro salir libre en esa media hora, haré que le envíen el resto del dinero inmediatamente.]
¿Diez millones en total?
La mente de Ricardo Maldonado empezó a trabajar a toda máquina. Aunque diez millones de pesos no salvarían al Consorcio Maldonado de la quiebra absoluta, a nivel personal era un bote salvavidas inmenso.
La última vez que Valeriano Sandoval desmintió públicamente a Alcira, obligándola a admitir que ella no le había salvado la vida, Ricardo se vio obligado a vaciar todas sus reservas para apagar el incendio mediático.
Ahora mismo no tenía ni un centavo en los bolsillos. Si no lograba el perdón de Roxana para fin de mes, su empresa se iría a la basura.
¡Tenía que empezar a velar por sus propios intereses!
[Trato hecho. Pero quiero nueve millones por adelantado.]
Si Sergio decidía romper su promesa más tarde, al menos se quedaría con casi toda la ganancia. No sería una pérdida.
Sergio no respondió de inmediato. Evidentemente, estaba dudando.
Ricardo, que no pensaba dejar que se le escapara el dinero de las manos, añadió presión.
[Le garantizo que puedo retenerla treinta minutos. Pero si usted se tarda en decidir, no me hago responsable de las consecuencias.]
Esta vez, la respuesta fue casi instantánea:
[Hecho.]
Un segundo después, el teléfono de Ricardo vibró con un mensaje del banco confirmando un depósito de nueve millones en su cuenta privada.
Ricardo alzó las cejas, satisfecho. Sin perder tiempo, le pidió prestado el teléfono a un transeúnte y marcó el número de Roxana.
A diferencia de las veces anteriores, donde la llamada ni siquiera entraba, esta vez escuchó el tono de marcado.
—¿Quién habla?
—¡Roxana, hija, soy papá! —Ricardo intentó sonar desesperado, hablando rápido por miedo a que ella colgara—. No cortes, por favor. Esta vez te llamo porque sé dónde está Sergio Sarmiento.
Aquello sí que la tomó por sorpresa.
Pero, conociendo la bajeza de Ricardo Maldonado, Roxana sabía que sus intenciones nunca eran nobles.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde está?

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