Yara bajó la mirada, aterrada. A través de la penumbra, divisó una silueta alargada y delgada moviéndose lentamente entre los arbustos.
El pánico la paralizó por un segundo y estuvo a punto de gritar con todas sus fuerzas, pero entonces, una idea brillante cruzó por su mente.
¡Esta era la excusa perfecta!
Al instante siguiente, soltó un alarido desgarrador y echó a correr en dirección a Valeriano.
—¡Ayuda! ¡Una serpiente! ¡Auxilio, por favor! ¡Hay una serpiente aquí!
Sus gritos histéricos rasgaron la tranquilidad de la noche.
El ruido agudo irritó los oídos de Valeriano, quien frunció el ceño, molesto.
Iba a decirle que se callara, pero vio cómo corría directamente hacia él, con los brazos sobre la cabeza y sin importarle nada.
La expresión de Valeriano cambió de golpe. Se aferró a los reposabrazos del banco, haciendo acopio de fuerzas para levantarse.
El siseo que había escuchado Yara fue provocado intencionalmente por Roxana al mover la manguera.
Su intención original era solo asustarla para que se fuera, pero jamás imaginó que Yara tendría el descaro de correr a tirarse encima de Valeriano.
Y encima, fingía correr a ciegas, con los brazos cubriéndose el rostro, pero su trayectoria hacia él era matemáticamente perfecta.
¡Vaya que se había esforzado en la actuación!
Roxana entrecerró los ojos. En un movimiento ágil, se puso de pie, tomó a Valeriano del brazo, lo levantó de un tirón y ambos se hicieron a un lado en el último segundo.
Yara había calculado la distancia mentalmente. Sabía con exactitud cuántos pasos necesitaba para llegar a él.
También sabía que a Valeriano le costaría levantarse rápido, así que estaba completamente confiada en el éxito de su plan. Para hacerlo aún más creíble, ni siquiera miró hacia adelante, cerrando los ojos y esperando el momento de caer lánguidamente en el abrazo de su amado.
Pero al instante siguiente, sus rodillas se estrellaron violentamente contra el borde de madera del banco.
El dolor fue tan punzante que bajó los brazos de inmediato.
Al ver que el banco estaba vacío, se quedó atónita. ¿Dónde estaba Valeriano?
No tuvo tiempo de procesarlo. El impacto y su propia inercia la desequilibraron, y cayó de cabeza sobre el banco. Medio cuerpo se golpeó contra la8 dura madera, dejándola paralizada y temblando de dolor.
—Tsk, tsk, pobre. Ya estás grandecita y aún no aprendes que hay que mirar por dónde caminas.
La voz cargada de sarcasmo hizo que Yara abriera los ojos de par en par.
—¿Tú... tú qué haces aquí?
El odio la consumió por dentro, pero exteriormente adoptó la pose de víctima más lastimera que pudo.
—Mamá, papá... me duele muchísimo el hombro. ¿Y si me rompí un hueso? ¡¿Qué voy a hacer si no puedo volver a tocar el piano?!
Al escuchar la palabra fractura, Marina se acercó de inmediato.
—¿Cómo es que te caíste tan fuerte?
Yara no perdió un segundo en lanzar el dardo.
—Yo solo estaba caminando por aquí cuando escuché el sonido de algo arrastrándose entre las hojas. Me asusté tanto que corrí hacia este lado. Si no era una serpiente, entonces, ¿quién hizo ese ruido? ¿Acaso alguien intentó asustarme a propósito para verme caer?
Dado que solo estaban ella, Roxana y Valeriano en el jardín, esa acusación iba dirigida como un misil a una sola persona.
¡Roxana quería hacerle daño!
Al fin y al cabo, Valeriano no tenía ningún motivo para asustarla.
Marina escuchó la acusación, pero en lugar de alterarse, clavó sus ojos en Yara con una profundidad escrutadora y le planteó la duda que rondaba por su mente.
—Si viste una serpiente y te asustaste tanto, lo lógico era correr de regreso a la casa para pedir ayuda. ¿Por qué corriste hacia donde estaban Roxana y Valeriano? ¿Acaso olvidaste que, aunque Valeriano ya puede ponerse de pie, aún no puede moverse rápido? ¿No te importó el riesgo de que la serpiente los atacara a ellos por tu culpa?

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