Nader escupió aquellas amenazas completamente empapado.
De pie en el agua, con su ropa aferrada a su cuerpo voluminoso, se veía tan patético como una enorme tortuga chapoteando.
Pero él no se daba cuenta; estaba cegado por la rabia de haber sido humillado con esa patada.
Los miembros de la tribu miraban con indignación cómo su Jefa y Layna se recuperaban del agua.
Aunque llevaban toda la vida en la isla, sabían perfectamente lo que Nader decía.
Sin embargo, al escuchar el apellido Solórzano, en sus ojos apareció un evidente temor.
Roxana observaba cómo Layna y Bastián ayudaban a la Jefa Akna a ponerse de pie. Alzó una ceja, como si estuviera viendo la peor obra de teatro del mundo.
—¿Escuché mal? Parece que en esta isla hasta los sapos han evolucionado y empiezan a escupir palabras.
—¡Pfft!
Valeriano y Daniel, que acababan de subir a la parte trasera de la embarcación, escucharon el comentario. Valeriano curvó los labios en una sonrisa discreta, pero Daniel soltó una carcajada ruidosa.
Leandro, que venía un paso atrás, miró la figura hinchada de Nader en el agua, imaginó a un sapo enorme y no aguantó más; se tapó la boca y se echó a reír.
Aunque intentaba no hacer ruido, los hombros le temblaban visiblemente.
Si de tener la lengua afilada se trataba, nadie le ganaba a la señorita Roxana.
Al final, gracias a la explicación de Bastián, incluso la Jefa Akna y Layna soltaron unas risitas.
Al verse convertido en el hazmerreír de todos, Nader enfureció y alzó la cabeza para insultarlos, pero notó que el rostro de la jovencita al mando del yate le resultaba familiar.
Le parecía haberla visto en alguna parte.
—Tú eres...
¡De pronto lo recordó! ¡Era la sobrina que Bernardo Montes había llevado a la fiesta de celebración hacía unos días!
Roxana notó que la había reconocido y le respondió con total frialdad:
—Así es. Bernardo Montes es mi tío. ¿Y bien, señor Solórzano? ¿Aún planea encargarse de mí?

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