Todos voltearon aterrorizados hacia la isla.
Frente a sus ojos, el lugar se convirtió instantáneamente en un infierno; las llamas devoraron el cielo nocturno y lo tiñeron todo de rojo.
Era una explosión monstruosa y destructiva.
El hogar pacífico que conocían ahora parecía la antesala del inframundo.
—¡Por Dios! ¡No pasó ni un minuto y de verdad explotó todo!
—¡Qué horror! ¡Los escombros caen por todas partes, el mar parece estar hirviendo!
—¡Gracias a Dios que la señorita Roxana nos advirtió y nos salvó! Si no, ya estaríamos muertos.
Al escuchar esto, los demás miembros de la tribu comenzaron a agradecerle profusamente a Roxana.
La Jefa Akna la miró con profunda gratitud. —Tienen razón, señorita Roxana. De no ser por usted, ahora mismo seríamos cenizas.
Dicho esto, le hizo una solemne reverencia.
Los demás imitaron el gesto respetuoso.
El yate seguía sacudiéndose con violencia; las ondas de choque provocadas por la explosión apenas estaban propagándose.
Roxana les gritó de inmediato: —¡Acepto sus agradecimientos, pero ahora mismo siéntense y aférrense a todo lo que puedan!
Ella ya había calculado que, aun a toda velocidad, el barco no lograría evadir por completo el impacto del agua.
—Roxana, agárrate de mí.
Valeriano sabía que la crisis era inminente; le tomó la mano con fuerza, la empujó suavemente hacia un lado y tomó el volante en su lugar.
Usó su propio cuerpo como escudo para protegerla de cualquier impacto.
—¡Es peligroso! ¡Siéntate! —le reclamó Roxana, al ver que se arriesgaba por ella.
Pero él no le hizo caso, su apuesto rostro mostraba pura determinación. —Tranquila. No me pasará nada, y así me aseguro de que a ti tampoco.
Roxana lo miró y sus ojos, usualmente inexpresivos, se llenaron de una ternura inusual en medio de la tormenta.
—De acuerdo.
Valeriano, complacido por esa confianza absoluta, la abrazó con fuerza.


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