Roxana sintió la profunda preocupación en la voz de Valeriano, y la curva de sus labios se acentuó.
—De acuerdo. Te lo prometo.
La empleada, que ya estaba al volante, no sabía si arrancar el auto o esperar a que Roxana terminara su llamada.
Justo cuando la tensión empezaba a ponerla nerviosa, Roxana colgó.
—Vamos.
La mujer, recordando el mal rato que Yara le había hecho pasar minutos antes, decidió advertirle a Roxana para evitar que también le gritaran.
—Señorita Roxana, la señorita Yara no está del mejor humor esta noche. Si llega a alterarse o a decir algo fuera de lugar cuando la encontremos, por favor no se lo tome personal.
Roxana la miró de reojo con absoluta calma.
—No te preocupes. No lo haré.
De todas formas, aunque diez Yaras se unieran para atacarla verbalmente, jamás serían rivales para ella.
En pocos minutos, el vehículo llegó a la entrada del complejo.
Tal como Roxana había previsto, la zona estaba desierta. No había ni un alma a la vista.
—¿Pero qué pasó? —exclamó la empleada. Palideció, detuvo el auto a un lado y bajó apresuradamente, buscando por todas partes—. ¡Señorita Yara! ¡Señorita Yara!
Gritó un par de veces, pero el único sonido que le devolvió la noche fue el eco de su propia voz.
Llena de pánico, corrió hacia la caseta de vigilancia para preguntar.
—Sí, vi a una chica parada ahí hace un momento. Pero no se quedó mucho tiempo. Se fue caminando hacia la avenida principal —le informó el guardia.
Al escuchar eso, la empleada regresó corriendo al auto.
—Señorita Roxana, la señorita Yara se fue sola hacia afuera. Me preocupa que algo malo le pase a estas horas. ¿Podemos salir a buscarla por la calle principal?
Roxana asintió sin perder la compostura.
La empleada pisó el acelerador y salieron del complejo.
Notando que Roxana no decía una palabra, asumió que la joven estaba consumida por la preocupación.

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