~MAKSIM~
No había dormido ni un solo minuto. La noche se me fue recorriendo por cada maldito lugar donde Irina Petrova podía estar, o donde solía aparecer cuando quería que la vieran o cuando quería desaparecer sin dejar rastro. Clubes privados, hoteles, casas de contactos, rincones del bajo mundo donde la información corría más rápido que la sangre.
Estuve en todos, directa o indirectamente, moviendo a mis hombres, cerrando salidas, presionando nombres, rompiendo silencios. La muy maldita no estaba en ninguno. Parecía como si la hubiera tragado la tierra y eso no era casualidad.
Irina no era estúpida, sabía cómo funcionaba esto, sabía cómo pensaba yo, sabía exactamente qué haría después de lo ocurrido en la boda. Había calculado mi reacción antes de que yo mismo terminara de decidirla y había desaparecido antes de que pudiera ponerle las manos encima.
Eso no me enfurecía. Me irritaba, porque implicaba que me había anticipado. Que había leído mis movimientos antes de que pudiera dar el primer paso.
Me incliné hacia adelante en el asiento del avión, apoyando los antebrazos sobre las rodillas mientras repasaba cada conversación de la noche. Interrogamos a hombres que se movían en el mismo nivel de m****a que nosotros, gente que vivía de saber demasiado y de callar lo suficiente para seguir con vida. Algunos hablaron rápido, otros necesitaron presión, pero ninguno dio una respuesta clara.
Lo único que obtuve fue una posibilidad, una dirección, algo lo suficientemente sólido como para no perder más tiempo: Moscú.
Podía estar allí o no, pero eso no cambiaba nada. Yo también tenía asuntos pendientes en esa ciudad, y uno de ellos tenía nombre propio: Leonid Petrov.
Si Irina había actuado por su cuenta, él debía saberlo. O peor aún; si él había tenido alguna participación en ello... entonces lo ocurrido no era un ataque aislado, sino el inicio de algo mucho más grande.
No iba a permitir que eso creciera sin control. Primero iba a hablar, a mirar a Petrov a la cara, a medir cada gesto, cada palabra, cada reacción. Y después haría lo que fuera necesario. No tenía problema en escalar esto hasta donde hiciera falta si alguien había decidido cruzar esa línea.
—En veinte minutos comenzaremos las maniobras de aterrizaje. —La voz del piloto atravesó la cabina sin sacarme de mis pensamientos.
Entrelacé los dedos y los hice crujir con lentitud, sintiendo cómo la presión se liberaba en las articulaciones mientras mi decisión se asentaba con más firmeza. No iba a dejar esto así. Pasara lo que pasara, cayera quien cayera, acarrea la guerra que acarreara, Irina iba a pagar. No solo por el atentado, sino por la audacia, por la humillación, por creer que podía atacarme y salir ilesa.
Cerré los ojos un segundo y expulsé el aire lentamente, pasando los dedos por mi mandíbula, sintiendo la tensión acumulada. No era cansancio, era irritación, una que no desaparecía por más que me esforzara en hacerlo.
No tenía pruebas. No todavía. Y en mi mundo, actuar sin pruebas no era una opción, no cuando las consecuencias podían escalar más allá de lo que uno pretendía controlar.
Pero si era ella, y todo indicaba que lo era, no iba a necesitar mucho más. Lo que había hecho encajaba demasiado bien con su forma de reaccionar, con su orgullo, con su manera de castigar.
Apreté la mandíbula, no por el ataque en sí, sino por el momento en que lo hizo, por el lugar, por haberlo hecho en mi boda, como si aquello no fuera solo un intento de asesinato, sino también un mensaje.
El avión comenzó el descenso y abrí los ojos, dejando que mi mente se enfocara por completo en lo que venía.
Moscú no era mi territorio, no del todo, y eso significaba que cada paso debía estar medido, cada palabra elegida, cada reacción controlada. Si mis sospechas eran correctas, los Petrov iban a recordar exactamente por qué mi nombre no se pronunciaba sin cuidado, porque cuando yo ajustaba cuentas no dejaba nada a medias.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO