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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 11

~MAKSIM~

El impacto fue inmediato.

No fue un gesto contenido ni una reacción calculada. Fue real. Crudo.

Leonid Petrov se quedó inmóvil detrás de su escritorio, como si mis palabras hubieran necesitado un segundo más para asentarse en su cabeza. Sus ojos se estrecharon apenas, pero no por desconfianza inmediata, sino por incredulidad.

—¿Qué? —murmuró—. ¿Qué has dicho?

No aparté la mirada de la suya.

—Lo que has escuchado. Irina intentó asesinarme.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue tenso. Denso. Como si el aire dentro de la habitación se hubiera vuelto más pesado de lo normal.

—Pero… —comenzó, claramente descolocado— ¿estás seguro de lo que estás diciendo? ¿Tienes pruebas de ello para inculpar a mi hija?

—Exactamente no tengo pruebas —respondí sin rodeos.

No le di tiempo a asimilarlo.

—Entonces no puedes venir así nada más, de la nada, y culpar a mi hija —me interrumpió, endureciendo el tono.

Asentí apenas.

—Sí, tienes razón —concedí con calma—. Pero si me hubieras dejado terminar de hablar, habrías sabido que tengo algo a favor.

Sus ojos se afilaron.

—¿Qué cosa?

—Las amenazas de tu hija.

El cambio en su expresión fue sutil, pero suficiente.

—¿Amenazas?

—De su propia boca —respondí—. Y en mi cara.

Leonid permaneció en silencio unos segundos más antes de hacer un gesto con la mano, señalando las sillas frente a su escritorio.

—Por favor... Siéntate para que podamos hablar con más calma.

No discutí. Tomé asiento junto a Artem, sintiendo la mirada de Yegor clavada en nosotros desde su posición junto al escritorio. No hablaba, pero no perdía detalle. Era exactamente el tipo de hombre que uno quería tener a su lado en momentos como ese.

—¿Algo de beber? —preguntó Leonid, intentando recuperar el control de la situación.

—No —respondí.

No había espacio para cortesías.

Leonid asintió lentamente, apoyando las manos sobre el escritorio mientras me observaba con más atención, como si intentara encontrar en mi rostro alguna señal de mentira.

—Dime exactamente qué fue lo que pasó —dijo finalmente—. ¿Qué fue lo que te dijo Irina? ¿Qué ocurrió entre ustedes para que llegara a ese punto? Porque hasta donde yo sabía, ustedes tenían una buena relación.

Solté el aire por la nariz, sin perder la frialdad.

—Le anuncié que iba a casarme —respondí—. Y que probablemente ya no nos veríamos como antes.

El ceño de Leonid se frunció de nuevo.

—¿Te has casado?

—Lo sé —respondió Leonid con voz más baja—. Y por eso pensé… —hizo una breve pausa— que tarde o temprano tú e Irina terminarían casándose.

No reaccioné. No había nada que decir a eso.

—Tú mejor que nadie sabe cómo era mi relación con tu hija —añadí con frialdad—. Ella también lo sabía. Es una mujer adulta. Lo suficientemente inteligente como para entenderlo sin comportarse como una adolescente incapaz de aceptar un rechazo.

El gesto de Leonid se endureció.

Le molestó. Pero no me importó.

—El punto aquí —continué— es que Irina se levantó contra mí. Y sabes perfectamente lo que eso significa.

—Lo sé.

Su respuesta fue inmediata. Sin defensa. Sin rodeos. Eso me dijo más que cualquier otra cosa.

—Yo no hago las cosas a espaldas de nadie —seguí—. Las hago de frente y sin temor a nada. Por eso estoy aquí. Para hablarte con claridad. Tu hija va a pagar por lo que hizo.

El silencio se volvió más pesado.

—Es mi hija, Maksim —dijo finalmente, con la voz más firme—. No puedes esperar que…

—Sé muy bien que es tu hija —lo interrumpí, cortando cualquier intento de justificación—. Y sé que la vas a defender.

Me incliné un poco más hacia adelante, dejando que cada palabra saliera con la precisión de una amenaza que no necesitaba elevar el tono.

—Pero también sabes lo que pasa si no lo haces. –No aparté la mirada de la suya—. Si no quieres iniciar una guerra contra mí… y mucho menos ahora que los italianos están de mi lado… más te vale decirme en este preciso momento dónde está tu hija.

El ambiente se tensó al punto de romperse.

—Porque si no lo haces —añadí, sin cambiar el tono—, te juro que voy a traer el infierno a tu vida. Y no voy a parar hasta arrasar con cada maldito Petrov que exista sobre la faz de la tierra… hasta que no quede ni siquiera su nombre en la memoria de nadie.

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