~ARTEM~
No sabía exactamente cuándo mi conciencia había decidido convertirse en un inconveniente, pero parecía haber elegido una noche particularmente mala para demostrar que todavía existía una parte buena dentro de mí.
Tal vez aquellos hombres eran familiares preocupados. Tal vez trabajadores de alguna propiedad cercana. Tal vez ella había discutido con alguien. Quizá era una maldita ladrona que había sido descubierta robando y ahora había salido corriendo para escapar
Toda la jodida situación tenía que tener una explicación perfectamente menos complicada que la que mi maldita cabeza había creado.
Pero no me lo creí ni por un segundo.
La gente que salía corriendo descalza de un bosque en mitad de la noche no solía hacerlo porque hubiera tenido una discusión trivial.
Regresé donde ella otra vez y me agaché a su lado.
—Vas a complicarme la puta vida —le dije.
No obtuve ninguna respuesta de su parte.
—Y ni siquiera has tenido la decencia de agradecerme o presentarte.
Me reí de mí mismo y de la puta situación, y la levanté con cuidado.
Pesaba menos de lo que esperaba a pesar de que era gordita. Su cabeza cayó contra mi pecho y tuve que acomodarla para evitar que el cuello quedara en una posición incómoda.
Al tenerla tan cerca pude ver mejor su rostro y me di cuenta de que tenía un rostro bastante bonito. Sí, joder. La cabrona que se había convertido en mi nuevo maldito problema era bastante atractiva.
Sacudí la puta cabeza alejando esos pensamientos y me centré en algo más importante: examinar con más detenimiento los rasguños en su rostro.
Algunos eran pequeños y recientes, otros acompañados por marcas que parecían anteriores a aquella noche. También observé una zona enrojecida cerca de la mandíbula que no tenía absolutamente nada que ver con el atropello.
La furia me recorrió de forma breve e inesperada.
No porque me importara ella. Ni siquiera sabía su nombre o por qué razón tenía aquellas marcas, pero conocía ese tipo de marcas; las marcas que dejaba una mano.
Había visto suficientes durante mi vida.
—¿Quién diablos te hizo eso? —le susurré y miré de nuevo hacia el bosque, preguntándome si allí se encontraba el causante.
Las luces seguían moviéndose, esta vez más cerca, así que supe que tenía que darme prisa antes de que nos encontraran. No porque me diera miedo enfrentarme a lo desconocido, pero con una mujer desvalida a mi cuidado, las cosas se volvían un tanto... complicadas.
—No te encontraron todavía —murmuré—. Y no te preocupes, no dejaré que lo hagan.
«Vete a la m****a, Artem Sokolov. A ti qué carajos te importa.»
La llevé hasta el coche y abrí la puerta trasera. La acomodé sobre el asiento, procurando que quedara recostada de lado, y utilicé mi chaqueta doblada para sostenerle la cabeza.
Cuando cerré la puerta me quedé unos segundos junto al vehículo, pensando qué demonios iba a hacer ahora.
Llevarla a un hospital habría sido lo más sensato, pero también era una idea de m****a.
Porque llegar a un hospital con una mujer inconsciente a la que acababa de atropellar significaría preguntas. Muchas.
Quién era. Qué había ocurrido. Dónde la había encontrado. Probablemente pedirían identificación. Quizá llamarían a la policía por protocolo o porque la mujer presentaba lesiones que evidentemente no había provocado el accidente.
Entonces tendría agentes haciendo preguntas y queriendo revisar mi coche.
Ja.
Solté un bufido irónico.
En el puto baúl había armas.
No dos pistolas. No algo que pudiera explicar con una licencia y una sonrisa.
Un jodido cargamento, además de unos cuantos kilos de droga de la mejor calidad.
Parte de una entrega que Valdés había insistido en mostrarme personalmente antes de cerrar uno de los acuerdos secundarios de aquella noche.
Abrí la puerta del conductor.
—Hospital descartado. Entonces... ¿qué me queda?
Entré, encendí el motor y miré hacia atrás, donde la mujer seguía inconsciente.
Las voces volvieron a escucharse.
Esta vez distinguí claramente que una linterna aparecía cerca del borde del bosque.
Engrané la marcha.
No pensaba quedarme para averiguar quiénes eran aquellos hombres ni por qué buscaban con tanta desesperación a una mujer que parecía haber atravesado medio monte para alejarse de ellos. Tampoco quería que me vieran allí y memorizaran el vehículo.
Pisotée el acelerador hasta el fondo y el coche avanzó.
Las luces del bosque desaparecieron poco a poco detrás de nosotros mientras yo revisaba el retrovisor cada pocos segundos.
Nadie salió a la carretera. Ningún vehículo comenzó a seguirme y la mujer seguía sin moverse.
Magnífico.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...