~MINA~
Lo que me despertó no fue el dolor, aunque estaba allí, extendido por todo mi cuerpo como el recuerdo de una paliza que no conseguía ubicar. Tampoco fue el martilleo sordo que sentía detrás de la frente ni la sequedad de mi garganta. Fue otra cosa.
El colchón bajo mi espalda era demasiado suave. Las sábanas olían a limpio, a detergente y a un perfume tenue que no reconocía, y no escuchaba ninguno de los sonidos que durante ocho años habían formado parte de mis mañanas: pasos en los pasillos, puertas abriéndose, hombres hablando afuera, alguna orden gritándose desde la planta baja.
Tampoco escuchaba a Ezequiel. Ni siquiera podía sentir esa tensión constante que siempre se instalaba dentro de mí antes de saber si él estaba de buen humor o si cualquier cosa que hiciera podía convertirse en la razón de su siguiente ataque.
Abrí lentamente los ojos y durante unos segundos me quedé mirando un techo blanco completamente desconocido, intentando recordar dónde diablos estaba y por qué tenía la desagradable impresión de que mi cabeza había sido utilizada como balón de fútbol.
Giré el rostro hacia un lado y después hacia el otro.
La habitación no era mía. Tampoco pertenecía a ninguna de las casas de Ezequiel que yo conociera.
Era amplia, elegante, decorada en tonos oscuros y neutros, con muebles modernos que probablemente costaban más de lo que mi familia había ganado en varios años antes de que mi vida se fuera al carajo.
Una pared estaba cubierta casi completamente por ventanales, aunque unas cortinas gruesas impedían que entrara toda la claridad del día. La poca luz que se filtraba por los bordes bastó para hacerme comprender que ya era de mañana
¿Qué mañana? Ni puta idea. Podían haber pasado diez horas desde que salí corriendo de aquella casa o podía haber permanecido inconsciente dos días enteros. Mi último recuerdo era una carretera, luces apareciendo frente a mí y un sonido ensordecedor de neumáticos contra el asfalto.
Después, nada.
El corazón comenzó a acelerárseme y me incorporé de golpe. El movimiento hizo que el dormitorio se inclinara violentamente.
Cerré los ojos, sujetándome de las sábanas mientras esperaba que el mareo desapareciera. Los recuerdos de mi huida comenzaron a regresar con una claridad que me revolvió el estómago.
Entonces recordé el coche y que después de eso había perdido la consciencia. Fue cuando me di cuenta de lo que había sucedido.
—Me atropellaron... M****a...
Miré alrededor otra vez, preguntándome si acaso habían sido los hombres de Ezequiel que me habían atropellado.
La posibilidad consiguió que el poco aire que había recuperado volviera a desaparecer de mis pulmones.
O tal vez me encontraron después del accidente. Tal vez me recogieron inconsciente y me llevaron a una de sus propiedades mientras él decidía qué hacer conmigo. Quizá Ezequiel estaba vivo y esperaba simplemente a que despertara para hacerme pagar cada segundo de aquella huida.
Aparté las sábanas y me di cuenta de que ya no traía aquel vestido azul. Alguien me había aseado y vestido con una bata de algodón en color blanco.
Un escalofrío me recorrió la columna, poniéndome los vellos de punta.
Miré la puerta. Estaba cerrada, aunque eso no significaba que tuviera llave.
Una vez más me puse, esta vez manteniendo todo el peso sobre la pierna derecha y sujetándome del borde de la cama.
El dolor del pie izquierdo apareció incluso sin apoyarlo completamente, pero era soportable mientras no intentara cargar peso sobre él. Di un pequeño salto, después otro, y conseguí llegar hasta un sillón colocado cerca de la pared.
No podía moverme así, pero tampoco pensaba regresar a la cama a esperar tranquilamente a descubrir quién me había llevado allí.
Si tenía que arrastrarme, me arrastraría.
Había cruzado un bosque descalza mientras me disparaban. Un maldito pie roto no iba a devolverme voluntariamente a las manos de Ezequiel.
Utilicé los muebles para avanzar. Un paso con el pie bueno, las manos buscando apoyo y el izquierdo apenas rozando el suelo cuando necesitaba equilibrarme. Tardé una eternidad en atravesar unos cuantos metros, pero finalmente llegué hasta la puerta. Coloqué una mano sobre el pomo y me quedé quieta, escuchando.
Nada.
Giré despacio y comprobé que no estaba cerrada con llave. Eso me dejó todavía más confundida, pero alimentó mis esperanzas para volver a escapar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...