~MINA~
Abrí apenas una rendija y asomé la cabeza. Lo que había al otro lado tampoco lo reconocí.
No era una casa. Parecía un departamento enorme, uno de esos lugares que había visto en revistas mucho antes de que Ezequiel decidiera por mí hasta qué clase de revistas podía mirar.
La sala, el comedor y la cocina ocupaban un mismo espacio abierto, con muebles elegantes, un enorme sofá oscuro y ventanales que cubrían prácticamente toda una pared. Desde allí podía distinguir edificios a la distancia y suficiente cielo para comprender que estaba en el centro de la ciudad y no en la zona campestre donde se ocultaba la casa de Ezequiel.
No había fotografías familiares, adornos personales ni nada que me indicara quién vivía allí. Todo era demasiado limpio, demasiado ordenado y demasiado caro.
—¿Hola?
Mi voz sonó ridícula dentro de aquel lugar enorme.
Esperé, pero nadie respondió, ni mucho menos apareció.
Salí de la habitación y avancé apoyándome contra la pared, mordiendo el interior de la mejilla cada vez que movía accidentalmente el pie lesionado.
La puerta principal estaba al otro extremo del departamento. Podía verla desde donde estaba y parecía que no había nadie vigilándola.
Ni un solo hombre.
Miré hacia la cocina. Después hacia un pequeño pasillo que parecía conducir a otras habitaciones.
¿Qué chingados estaba pasando?
Por un instante una idea completamente absurda atravesó mi cabeza.
Tal vez estaba muerta.
Me detuve y miré el departamento otra vez.
Había escapado, me había atropellado un coche y ahora despertaba en un lugar desconocido, sin nadie alrededor, sin saber cómo había llegado y con una puerta aparentemente libre a pocos metros.
—No manches...
¿Y si aquello era el limbo?
Quizá las almas en pena despertaban en departamentos de lujo antes de descubrir si las mandaban para arriba o para abajo.
Aunque, considerando todo lo que había vivido, si después de morirme algún hijo de puta pretendía mandarme al infierno pensaba presentar una queja formal porque ya había cumplido mi condena en vida.
La estupidez del pensamiento no consiguió tranquilizarme.
Podía estar soñando.
También podía haber recibido un golpe tan fuerte en la cabeza que mi cerebro hubiera decidido inventarse aquel escenario mientras mi cuerpo seguía tirado en la carretera.
Pero el dolor del pie se sentía demasiado real y el hambre también.
Y el miedo definitivamente lo era.
Volví a mirar la puerta principal.
No pensaba acercarme desarmada.
Me desvié hacia la cocina utilizando el respaldo del sofá y después una de las sillas del comedor para sostenerme. Cada metro era una tortura y empecé a sudar antes de llegar a la isla central.
Sobre ellos había un juego de cuchillos.
Mi mano se quedó suspendida sobre ellos. La última vez que había sujetado uno había terminado clavado en el cuello de Ezequiel.
Agarré el cuchillo más grande que pude manejar cómodamente y me giré .
—Muy bien —murmuré para mí—. A ver qué carajos está pasando.
Apreté con más fuerza el cuchillo.
Fuera quien fuera que me tenía en ese lugar, no pensaba quedarme esperando a que apareciera para descubrir qué quería de mí.
Llegué hasta la puerta principal después de varios minutos de avanzar como una vieja de noventa años. Tenía el pie latiéndome y la frente cubierta de sudor. Me apoyé contra la pared para recuperar el aliento y miré el cuchillo. Lo comodé en mi mano derecha y coloqué la izquierda sobre el pomo.
Respiré profundamente.
Él no se movió.
—¿Quién eres? —exigí—. ¿Te mandó Ezequiel?
Nada cambió en su expresión. Ni siquiera pareció reconocer el nombre.
Aquello podía ser una actuación.
Los hombres de Ezequiel sabían mentir.
—Te estoy hablando —gruñí, aferrándome con una mano a la pared mientras mantenía el cuchillo frente a mí con la otra—. ¿Quién chingados eres?
El hombre me observó durante un par de segundos y entonces, para mi desconcierto, una sonrisa lenta apareció en su boca.
Entró al departamento y yo levanté más el cuchillo.
—¡Te dije que no te acercaras, pinche hijo de puta!
Él ignoró mi advertencia, cruzó completamente el umbral y cerró la puerta detrás de sí con una tranquilidad que consiguió que todos mis instintos empezaran a gritar.
—Así que ya despertaste —dijo en un español perfecto, aunque con un acento extranjero que no conseguí identificar.
No era un gringo. Lo sabía porque marcaba demasiado la 'R' al hablar.
—Pensé que tendría que vestirme de príncipe azul y darte un beso para que despertaras.
Lo miré sin poder creer lo que acababa de escuchar.
¿Príncipe azul?
¿Ese cabrón estaba bromeando conmigo?
El miedo se mezcló inmediatamente con la rabia. Blandí el cuchillo hacia él, obligándolo al menos a prestar atención al filo, aunque el desgraciado continuara pareciendo demasiado tranquilo para alguien que tenía un arma apuntándole al pecho.
—No te hagas el gracioso conmigo —espeté—. Te pregunté quién demonios eres, y me lo vas a decir si no quieres que te degüelle.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Alguien me puede explicar como del 88 salta al 89 del futuro como asi que Lexia esta embarazada de nuevo...
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...