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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 134

~ALESSIA~

El viaje desde Chicago a Nápoles había sido, en su mayor parte, silencioso, aunque no incómodo, ni tan tenso como se esperaría de un pelotón que marcha hacia la guerra o a la muerte.

Mila había pasado casi todo el trayecto mirando por la ventana con la mandíbula apretada. Aunque había entendido el por qué no la llevábamos con nosotros a Moscú, todavía no le terminaba de gustar la idea de que la hiciéramos a un lado, porque ella pensaba que con el poco entrenamiento que había tenido durante todo ese mes podía estar lista para enfrentarse a una batalla real. Estaba tan lejos de la realidad, y no porque fuera mala, sino porque se necesitaba mucho más que aprender a usar una pistola en medio de una situación como la que íbamos a enfrentar.

Por otro lado, Maksim tampoco había hablado demasiado, solamente cuando era necesario concretar nuestros planes, al igual que Artem y que los Ravelli.

Yo, por otro lado, tampoco quería hablar mucho. No podía concentrarme en otra cosa que no fuera el hecho de que esta vez no podíamos fallar y rezaba en mi mente para que tuviéramos éxito.

Una vez en Nápoles, nos subimos a los vehículos que nos esperaban a unos metros de la pista donde nuestro avión había aterrizado. Cuando, unos minutos después, finalmente atravesamos las enormes puertas de la propiedad Cardinale, sentí algo extraño dentro del pecho.

Volvía a casa. Aunque aquella casa ya no era mía. Pero se sentía bien volver después de lo que me parecían años, aunque apenas habían pasado unos cuantos meses.

Mi padre nos esperaba en la entrada principal con varios hombres alrededor.

A pesar de su edad, Bruno Cardinale seguía imponiendo respeto de la misma forma que siempre: quieto, frío y observando como si pudiera medir cuánto valía un hombre solo con verlo caminar.

Bajé del coche primero. Maksim salió detrás de mí y Mila lo hizo después, rígida y silenciosa. Artem, Nicolo y Paolo cerraron el círculo. Sus ojos de halcón nos recorrieron a todos, uno por uno. Primero se detuvieron en Mila. Después en Artem, luego en Maksim. Y finalmente en mí.

Estaba bastante segura de saber lo que pasaba por su mente mientras nos miraba.

—Pensé que llegarían más tarde.

—Supongo que no había tanta turbulencia como la que nos espera en tierra —respondí.

Mi padre soltó un pequeño resoplido.

—Eso parece.

Se acercó a nosotros y luego de un breve cruce de saludos, nos hizo entrar a la casa, llevándonos directamente a su despacho, pero solo entramos él, Maksim y yo. Mila se quedó afuera, en la sala de estar familiar, con Artem y los Ravelli.

Una vez dentro del despacho, mi padre cerró la puerta y se quedó de pie detrás del escritorio.

—Entonces, ¿no hay marcha atrás? —cuestionó.

Maksim y yo negamos al mismo tiempo.

—No. Estamos decididos a ir a Moscú a matar personalmente a Petrov —afirmó Maksim.

Mi padre asintió y se tomó unos segundos de silencio para pensar lo siguiente que iba a decir.

—Entiendo —dijo finalmente—. ¿Qué es lo que ocupan de mí?

Crucé una mirada rápida con Maksim antes de responder.

—Queremos que dejes que Mila se quede aquí... bajo tu protección.

Sus cejas se movieron apenas. No era sorpresa. Era evaluación.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que terminemos con Leonid Petrov.

Eso hizo que apoyara ambas manos sobre el escritorio. Mi padre me sostuvo la mirada durante varios segundos.

—Esto no será una cacería sencilla, Alessia.

—Lo sé.

—Petrov estará protegido.

—Lo sabemos.

—Y ustedes tienen una rata dentro.

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