~MAKSIM~
Entré a la casa sin anunciarme, como siempre lo hacía, pero esta vez no fue el siempre bien recibido y pacífico silencio lo que me recibió. Fue otra cosa.
El aire olía a vino. A comida. A algo… doméstico que no me gustaba.
Demasiado doméstico.
Avancé unos pasos, quitándome el abrigo sin prisa mientras mi mirada recorría el lugar, captando cada detalle con la precisión automática con la que evaluaba cualquier espacio al que entraba.
La sala no estaba intacta como la había dejado. Había copas sobre la mesa, una botella abierta, restos de bocadillos esparcidos sin orden, como si hubieran estado allí durante horas. En la pantalla, una de esas películas absurdas que no aportaban nada seguía reproduciéndose, ignorada, convertida en simple ruido de fondo.
Y ellas.
Mi mirada se detuvo allí.
Mila estaba recostada en el sofá, con la postura relajada, completamente cómoda, como si ese espacio fuera suyo en todos los sentidos. La gorda estaba a su lado, no rígida, no fuera de lugar, sino integrada en la escena de una forma que no me gustó en absoluto.
Había una cercanía evidente entre ambas, una complicidad que no debería haber estado allí, pero que, por lo visto, había nacido y crecido en mi ausencia con demasiada facilidad.
«¿Qué demonios le había hecho esa gorda a mi casa y a mi hermana?»
Las observé sin decir nada, sintiendo cómo algo se tensaba en mi interior, una incomodidad que no tenía nada que ver con la escena en sí, sino con lo que implicaba.
No era eso lo que había previsto. No era eso lo que quería.
Alessia Cardinale no debía encajar en mi casa. No debía moverse con esa naturalidad, ni mucho menos establecer ese tipo de conexión con Mila. Aquello no formaba parte del acuerdo, ni del control que yo tenía sobre la situación.
Y sin embargo, allí estaba.
Demasiado cómoda. Demasiado presente. Demasiado… dentro.
Como si fuera parte de mi familia y tuviera derecho a cambiar mi perfecto mundo.
Apreté la mandíbula, dejando que mi mirada pasara una vez más por las copas, el vino, la comida, la pantalla, y finalmente regresara a ellas, deteniéndose un segundo más en Alessia.
No parecía sorprendida de verme. No parecía incómoda. No parecía nada de lo que debería ser en ese momento.
Y eso no me gustó.
Nada.
Tal vez había sido un error traerla a esta casa.
Tal vez había subestimado lo rápido que podía empezar a ocupar espacios que no le correspondían.
Tal vez…
—¿Vas a saludar o solo te vas a quedar ahí parado con esa cara de pocos amigos?
La voz de Mila cortó el silencio con una naturalidad irritante, obligándome a empujar los pensamientos en lo profundo de mi cabeza y a fijar la vista en ella.
~ALESSIA~
Maksim cruzó la sala sin detenerse en mí, como si mi presencia no existiera, pero en cuanto llegó a Mila, todo en él cambió con una naturalidad que me resultó desconcertante.
La rodeó con los brazos, atrayéndola hacia su pecho en un gesto firme, protector, y le besó la cabeza con una suavidad que no le había visto antes, mientras murmuraba algo en ruso, con un tono suave y dulzón que jamás habría esperado en él.
—Privet, malýshka. (Hola, pequeña.)
—Privet, Maksimka. (Diminutivo tierno para Maksim.)
—¿Cómo estás? —le preguntó Maksim, con una voz más baja, más cercana, completamente distinta a la que había usado conmigo desde el primer momento.
Mila sonrió, apoyándose contra él sin resistencia, como si aquel contacto fuera algo habitual, esperado.
—Ahora mejor —respondió con ligereza—. Ya volviste.


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