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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 151

~MILA~

La oscuridad, la soledad, el encierro y la angustia me habían hecho perder la noción del tiempo.

No sabía cuánto llevaba encerrada en aquella celda húmeda, oscura y helada, pero sentía que habían pasado días, tal vez hasta semanas. Cada segundo que pasaba se estiraba y se volvía insoportable.

Allí abajo no existía el sol, no existían las horas ni nada que me permitiera medir cuánto tiempo llevaba atrapada. Solo existían el miedo, el frío y ese dolor constante que me recorría el cuerpo por los golpes que me habían dado cuando intenté escapar la primera vez.

Tenía las muñecas lastimadas de tanto forcejear con las cadenas y los músculos rígidos por la tensión de estar siempre alerta. Nicolo me había enseñado a no desperdiciar fuerzas, a esperar, a observar, a pensar antes de actuar, pero cada minuto allí abajo hacía más difícil recordar esas lecciones.

Lo peor no era estar sola. Lo peor era no saber.

No saber qué había pasado con Bruno. No saber si Alessia seguía viva. No saber si Maksim me estaba buscando o si todo ya se había ido al carajo y mi destino era morir en aquella asquerosa celda.

El sonido metálico de la puerta abriéndose me arrancó de golpe de mis pensamientos.

Levanté la cabeza y vi a Gio Marchetti entrar acompañado de tres hombres. Su sola presencia me revolvió el estómago. Sonreía como si todo aquello le divirtiera, como si mi sufrimiento fuera entretenimiento.

—Mírate —murmuró mientras me observaba desde la puerta con una sonrisa torcida—. La pequeña hermana de Maksim Volkov parece una perra inmunda y callejera.

No respondí.

No iba a darle el gusto de saber que sus palabras me ofendían.

A pesar de eso, Gio soltó una risa baja y les hizo una señal a sus hombres.

—Sáquenla.

Uno de ellos soltó las cadenas, mientras los otros dos me agarraban de los brazos y me arrancaban de la celda a rastras.

Me resistí, pataleé, traté de soltarme de su agarre, pero era inútil. Eran demasiado fuertes y crueles. Me llevaron hasta una habitación pequeña, iluminada apenas por una lámpara vieja que colgaba del techo y que por un momento me cegó, ya que mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad de la celdad. Cuando finalmente pude ver con claridad, noté que en el centro había una mesa de madera.

Me obligaron a sentarme frente a ella y frente al maldito de Gio Marchetti, ya que él tomó asiento al otro lado con toda la calma del mundo, como si estuviéramos a punto de compartir una comida y no lo que fuera que tuviera pensado hacerme.

Me observó durante varios segundos con esa sonrisa enferma que me hacía querer arrancarle los ojos.

—Empiezo a pensar que a tu hermano no le importas tanto como creí —comentó.

Apreté la mandíbula.

—Vete al infierno —solté y le lancé un escupitazo a la cara.

Eso lo hizo enfadar y, antes de que pudiera darme cuenta, me dejó ir un revés que me partió el pómulo y que me dejó muy aturdida.

—Es curioso que me envíes hacia ese lugar —dijo con una calma aterradora, mientras se sacaba un pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se limpiaba el rostro—, porque creo que tú estás bastante más cerca de ese lugar que yo.

Se inclinó hacia mí, apoyando los codos sobre la mesa y con el mismo pañuelo limpió la sangre de mi pómulo. Quise resistirme, pero uno de los hombres me agarró la cabeza y me inmovilizó, evitándolo.

—Se están tardando demasiado en llamar para acordar el intercambio. Eso me hace pensar que quizá Volkov está considerando dejarte morir.

Sentí cómo el miedo me apretaba el pecho, pero me negué a creerlo.

Maksim vendría. Alessia también, junto a Nicolo y a Paolo. Lo sabía y nada me haría pensar lo contrario.

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