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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 154

~ALESSIA~

Lo primero que hice, luego de levantarme del suelo, fue buscar a Gio con la mirada. Lo encontré segundos después, a unos metros de mí.

El muy hijo de puta seguía vivo a pesar de la explosión.

Malherido, sangrando por un costado y arrastrándose entre los restos de la explosión como una maldita rata, tratando de escapar mientras sus hombres caían uno por uno.

En ese instante supe una cosa: esa noche no saldría vivo de los astilleros Cardinale, porque yo misma me iba a encargar de matarlo para vengar a mi padre.

Me lancé tras él sin pensarlo.

A mi alrededor todo era caos. Disparos. Gritos. Metal reventando bajo las balas. Hombres cayendo. Sangre salpicando el concreto húmedo e incluso mi rostro y mi ropa. Los astilleros se habían convertido en una carnicería y, aun así, mi único objetivo era Gio.

Ninguna otra persona del bando contrario me importaba. Solo el hijo de mil putas de Gio Marchetti.

Lo vi tropezar contra una vieja estructura de hierro y sujetarse el costado, jadeando, pero todavía tenía fuerzas para seguir arrastrándose hacia uno de los almacenes laterales.

M****a.

Corrí más rápido para alcanzarlo, pero uno de sus hombres salió de entre unos contenedores y me disparó de frente. Me lancé al suelo justo a tiempo y la bala silbó sobre mi cabeza antes de estrellarse contra una viga. Rodé sobre el concreto, levanté el arma y le metí dos tiros al pecho antes de volver a incorporarme.

Seguí corriendo.

Gio desapareció dentro del almacén y entré detrás de él.

El lugar estaba oscuro, húmedo y lleno de maquinaria oxidada, cadenas colgando del techo y cajas apiladas hasta formar pasillos estrechos. El eco de los disparos afuera todavía retumbaba dentro, mezclado con mi respiración agitada y el goteo constante del agua que caía de las tuberías rotas.

Avancé despacio, con el arma en alto, siguiendo el rastro de sangre que Gio iba dejando en el suelo.

El hijo de puta estaba herido, gravemente herido, pero aun así seguía siendo peligroso. Yo lo sabía.

Un ruido a mi derecha me hizo girar justo cuando otro de sus hombres apareció detrás de unas cajas y me atacó. Me lanzó un cuchillo que apenas logré esquivar, sintiendo cómo la hoja me rozaba el brazo. Maldije y le disparé, pero fallé. El muy bastardo se me vino encima y me golpeó la muñeca, haciendo que el arma saliera disparada.

Caí al suelo con él encima y comenzamos a forcejear.

Me agarró del cuello con ambas manos y apretó con fuerza, intentando asfixiarme. Le metí la rodilla en la entrepierna y el dolor del golpe provocó que me soltara.

Lo empujé lejos de mí y rápidamente me di la vuelta y gateé buscando la pistola, pero el golpe que le había dado en las gónadas no había sido suficiente. Antes de que pudiera alcanzar la pistola, el hijo de puta volvió a venirse encima de mí y me agarró por el cabello, tirando de él con fuerza y echándome hacia atrás.

Como pude, le lancé otra patada, esta vez a las costillas. Se quejó apenas mientras yo volvía a levantarme y volvió a agarrarme, aplicándome una llave al cuello.

Le lancé codazos a las costillas, pero no me soltaba.

Mi visión empezó a nublarse en tanto comenzaba a faltarme el aire.

Entonces una bala atravesó la cabeza del hombre. Su cuerpo inerte y pesado cayó encima de mí. Lo aparté de un empujón mientras tosía y recuperaba el aire que había perdido. Mientras lo hacía, levanté la cabeza para ver quién me había ayudado y vi acercarse a Maksim.

—¿Estás bien? —preguntó, agachándose a mi lado y rodeando mis hombros con su brazo.

Asentí, jadeando.

—Gio está escapando —murmuré mientras comenzaba a levantarme con su ayuda y con un meneo de mi cabeza señalé el rastro de sangre que había dejado—. Hay que seguir el rastro.

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