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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 155

~ALESSIA~

Gio cayó a cuatro patas sobre el húmedo y sucio suelo de concreto de uno de los calabozos de la mansión Cardinale cuando Paolo lo empujó bruscamente hacia adentro. Se llevó una mano al costado y, gruñendo de dolor, se apretó la herida. La sangre no tardó en empaparle la camisa y la mano.

Con una mueca de rabia que le desfiguró el rostro, Gio alzó la cabeza y me buscó con la mirada.

—Te vas a arrepentir de esto, maldita gorda de m****a.

Esbocé una sonrisa cargada de suficiencia y levanté la barbilla con altivez antes de soltarle una patada que impactó de lleno en su boca.

—Ten más respeto al dirigirte a la Capo de la Camorra —espeté.

Gio escupió al suelo con evidente asco.

—Una mujer jamás podrá ser Capo y mucho menos una perra como tú.

Reí con ironía y negué con la cabeza antes de inclinarme hacia él y agarrarle un puñado de su cabello oscuro para obligarlo a mirarme a los ojos.

—¿No te has dado cuenta? Ya soy Capo. Los hombres que no se rindieron ante ti sí lo hicieron ante de mí y no necesité matar a nadie a traición para conseguirlo.

Tensó la mandíbula e hizo rechinar los dientes.

—Voy a salir de aquí, maldita gorda, y haré que te arrepientas...

Le asesté un puñetazo en el estómago que le arrancó un quejido y lo obligó cerrar la boca.

—Vas a salir de aquí... sí, pero no completo y mucho menos con vida —sentencié antes de soltarlo y ponerme de pie.

Miré a Nicolo y a Paolo, que permanecían atentos a mi siguiente orden.

—Es hora de ir a ajustar cuentas con los demás.

Salimos de los calabozos para ir al jardín principal de la mansión Cardinale. Este estaba sumido en un silencio pesado. No era un silencio de paz ni de respeto. Era un silencio cargado de tensión, miedo y expectativa.

Las luces exteriores iluminaban los rostros de todos los hombres reunidos allí, proyectando sombras largas sobre la grava húmeda y sobre el césped.

Frente a mí estaba reunida gran parte de la Camorra: capitanes, soldados, hombres de las rutas y representantes de las familias que todavía seguían en pie dentro de la organización y que habían sido llamados para presenciar aquel acto.

También estaban allí Aldo Valentini y varios de sus hombres de la ’Ndrangheta, observando con atención, como depredadores que entienden perfectamente lo que significa una demostración de poder.

En el centro del jardín, de rodillas sobre la grava, estaban Emilio Rossi y Salvatore Falcone, los dos jefes de las familias que habían decidido seguir a Gio Marchetti, los mismos hombres que le habían jurado lealtad a mi padre y que después habían ayudado a destruirlo desde dentro. Tenían las manos atadas a la espalda, los rostros golpeados y la mirada llena de una mezcla de rabia y miedo.

Artem y Maksim permanecían detrás de ellos, inmóviles, firmes, vigilando que nadie hiciera una estupidez.

Me detuve delante de la multitud. Nicolo y Paolo se pararon a mi derecha, atentos, esperando mi orden.

Avancé despacio y dejé que todos me vieran, que todos sintieran el peso de lo que estaba a punto de ocurrir.

Eso era exactamente lo que quería. Porque el miedo también gobernaba.

Giré la cabeza hacia Nicolo y Paolo.

—Háganlo.

Los hermanos se movieron al mismo tiempo. Sacaron sus armas y se colocaron detrás de cada uno. Salvatore comenzó a forcejear, lanzando insultos y amenazas, mientras Emilio rompía a suplicar por su vida, prometiendo lealtad, jurando que podía arreglarlo todo, pero ya no había nada que arreglar.

Los disparos sonaron casi al mismo tiempo, secos, brutales y definitivos. Las balas atravesaron sus cabezas y ambos cuerpos cayeron de frente sobre la grava, dejando que la sangre se extendiera lentamente bajo ellos.

Nadie habló. Nadie se movió. Eso era exactamente lo que quería.

Que todos sintieran el peso de lo que acababa de pasar. Que entendieran que aquello no era una amenaza vacía: era una maldita promesa.

Levanté la mirada y recorrí una vez más a todos los hombres reunidos allí.

—La Camorra vuelve a tener un Capo con la sangre Cardinale —declaré con frialdad—. Y si alguien quiere desafiarme, que dé un paso al frente ahora.

Nadie lo hizo.

Ni uno solo se atrevió a murmurar siquiera.

Fue así como supe que el mensaje había quedado más que claro.

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