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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 156

~ALESSIA~

La reja de acero se cerró detrás de nosotros con un golpe estruendoso que rebotó en las paredes devolviendo un sonido seco y pesado. Gio, pálido y sudoroso, levantó la cabeza y nos miró.

Seguía de rodillas en el centro de la celda, con las manos atadas detrás de la espalda y la camisa pegada al cuerpo por la sangre que seguía saliéndole del costado. La explosión de Leonid lo había dejado peor de lo que él mismo quería admitir y, aun así, seguía manteniendo esa maldita mirada desafiante que siempre había tenido. Incluso roto, seguía queriendo aparentar que era peligroso.

Eso casi me hizo reír.

Casi.

Detrás de nosotros, Nicolo y Paolo se quedaron custodiando la puerta.

Maksim se paró a mi izquierda con los brazos cruzados y la mirada fría, esperando en silencio con la misma paciencia brutal de un depredador que sabe que la presa ya no tiene salida.

Él solamente estaba allí como un observador. Había prometido no interferir, a menos que yo se lo pidiera, pues decía que ese ajuste de cuentas me pertenecía solo a mí.

Me acerqué a Gio despacio, dejando que escuchara cada uno de mis pasos sobre el concreto.

Me miró con odio y gruñó.

—Si vas a matarme, hazlo de una vez.

Solté una pequeña risa.

—¿Tan rápido quieres morir? ¿Tan impaciente estás por conocer el infierno? ¿O es que tienes miedo de lo que voy a hacerte antes de que consigas escapar de tu deuda conmigo?

Sus ojos se estrecharon.

—No te tengo miedo, gorda puta.

Me incliné hasta quedar a su altura y lo agarré del mentón con fuerza.

—Eso va a cambiar. Te lo prometo. En unos minutos estarás temblando de miedo y me suplicarás que te mate.

Lo solté de golpe y di un paso atrás.

Ese calabozo había sido construido para guardar el dolor de todos los hombres que habían muerto allí abajo. Mi padre había mandado a muchos a ese mismo suelo antes de que Gio Marchetti se atreviera a traicionarlo y a convertir su propia casa en un matadero.

Ahora era su turno.

Sobre una mesa de metal a unos metros de nosotros estaban las herramientas: cuchillos, tenazas, martillos, pinzas. Instrumentos viejos, fríos y manchados por historias que no quería imaginar.

Pero esta noche no me importaban las historias viejas. Solo me importaba escribir una nueva.

Tomé uno de los cuchillos de carnicero y regresé frente a él.

Gio me siguió con la mirada. Vi el primer destello de nerviosismo en sus ojos y sonreí.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —pregunté mientras hacía girar el metal entre mis dedos—. Que pudiste haber tenido una muerte honorable... rápida, pero decidiste matar a mi padre a traición.

Él tensó la mandíbula.

—Bruno era un marica. Un débil que se dejó dominar por una perra como tú.

Sus palabras me atravesaron como cuchillas, pero no perdí el control. Sabía lo que estaba intentando, pero no lo iba a lograr.

El muy hijo de perra no iba a morir tan rápido. Primero iba a pagar con creces.

Le metí el cuchillo en la boca y jalé hacia el costado, abriéndole la mejilla con la hoja y la sangre le cubrió media cara.

El grito que soltó reventó el aire del calabozo. Su cuerpo se dobló hacia adelante, jadeando, temblando. La sangre empezó a correrle por el cuello y le empapó el pecho.

Lo observé con frialdad. Sin pestañear.

Le clavé el cuchillo en el hombro e hice lo mismo, corté con fuerza, desprendiendo la carne.

—Esto es por mi casa.

Se lo hundí en la verga y la corté junto con sus pelotas.

—Y esto es por Mila.

Su cuerpo ya apenas respondía. La sangre corría bajo él formando un charco oscuro, pero para mí no era suficiente.

El maldito seguía respirando y todavía no había experimentado suficiente dolor.

Me puse de pie, jadeando, con la ropa manchada y las manos cubiertas de sangre y fui a traer un galón de gasolina. Se lo eché encima y luego encendí un cerillo.

El hijo de puta aún respiraba y eso me hizo sonreír porque era lo que quería. Quería que estuviera vivo para que sintiera en carne viva el infierno que le esperaba al morir.

Lancé el cerillo sobre su pecho y rápidamente prendió fuego. Su cuerpo se retorció y sus gritos fueron una grandiosa melodía para mis oídos.

Cuando los minutos pasaron y el fuego se consumió, miré a Maksim y él me dio un ligero cabeceo.

En ese momento supe que era hora de darle fin a todo esto, enterrar el pasado y seguir en lo mío.

Miré a Nicolo y a Paolo.

—Quiero que lo que lo corten en pedazos —ordené—. Es hora de volverlo m****a y deshacernos de la basura.

Ambos se apartaron de la puerta y se apresuraron a cumplir mi petición.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta, dispuesta a salir de allí.

Respiraba agitada y estaba cubierta de sangre y me sentía vacía, pero en paz porque finalmente Gio Marchetti estaba muerto y con él, también moría la última sombra de la traición que había destruido mi casa.

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