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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 168

Dos días después...

~MILA~

Había tantas voces hablando a la vez que, por un momento, me sentí nerviosa y a punto de echarme a correr como si huyera de algún peligro.

¿Cuál? Ni idea, porque una buena parte de las personas que estaban sentadas alrededor de aquella mesa me querían con toda su alma y, en más de una ocasión, habían puesto sus vidas en peligro para protegerme. Especialmente los dueños de los dos pares de ojos oscuros e intensos que me saludaron con calidez y amor.

Maldita sea. Se veían tan guapísimo y antojables con sus trajes oscuros y esa presencia segura y demoledora. Deseaba estar encerrada en una habitación a solas con ellos para que me hicieran todo lo que quisieran y me devoraran lentamente y centímetro a centímetro.

«¿Acaso las hormonas del embarazo empezaban a tener efecto en mí?», pensé y tuve que reprimir una sonrisa.

Ambos se apresuraron a ponerse en pie y a retirar la silla que estaba en medio de los dos para que yo me sentara. Aquel gesto provocó que se me erizara el vello de la nuca.

Enseguida, las demás personas presentes siguieron las miradas de los hermanos Ravelli y, al verme, los imitaron, poniéndose de pie para saludarme.

Los nervios empeoraron y no tenía idea del porqué, ya que no era la primera vez que asistía a una reunión exclusiva de mafiosos, en la que, de un momento a otro, las cosas podían salir mal y terminar en una masacre.

Sabía muy bien que estábamos muy lejos de protagonizar algo así. La relación entre rusos e italianos se encontraba en el mejor momento de su historia gracias al matrimonio de mi hermano con Alessia y a mi próxima unión matrimonial con uno de los miembros de la mafia Cardinale.

Oh, seguramente era esto último lo que me tenía tan nerviosa como nunca antes. Esa noche se definiría de manera oficial mi destino frente a los hombres más importantes de ambas organizaciones: la Bratva y la Camorra.

Tomando una profunda inhalación, reuní el valor suficiente para recorrer el último tramo de distancia que me separaba de la gran mesa del comedor de la mansión Cardinale y me acerqué.

—Bienvenida sea a su cena de compromiso, señorita Volkova —dijeron los invitados al unísono.

Les agradecí de corazón y los saludé con una leve inclinación de cabeza, que ellos me devolvieron. Luego me dirigí a las dos personas más importantes de la mesa, mi hermano y Alessia.

Saludé a mi cuñada con un beso en cada mejilla.

—Te ves preciosa —me dijo Alessia, con una sonrisa afectuosa que tiraba de sus labios.

—Tú también —le dije y ella negó.

—No. Esta noche tú eres la importante, así que solo recibe los halagos.

Sonreí y abracé a mi hermano, que estaba a su lado.

Cuando llegué hasta Nicolo y Paolo, ambos me ofrecieron una sonrisa tan llena de cariño que los nervios que amenazaban con dominarme desaparecieron como la niebla cuando sale el sol.

Estar cerca de ellos era como llegar a mi lugar seguro. A mi lugar feliz. Nicolo y Paolo me hacían sentir fuerte, valiente y profundamente amada. Dios... todavía me costaba creer que, dentro de unos días, uno de ellos se convertiría legalmente en mi esposo, mientras el otro aceptaría aquella decisión de buen grado y los tres, junto con el bebé que crecía dentro de mí, formaríamos una familia que nadie podría romper jamás.

Sin dejar de sonreír y con el corazón henchido de felicidad, me senté en la silla que habían dejado entre los dos y permití que, como los caballeros que siempre eran conmigo, la acercaran a la mesa antes de ocupar sus propios asientos, uno a cada lado de mí.

—Pareces una verdadera principessa —dijo Paolo, besando mi mano.

Nicolo tomó la otra y también la besó.

—Esta noche luces más hermosa que de costumbre.

Sonreí sintiéndome la mujer más hermosa del mundo, no solo por el vestido satinado en color bronce que llevaba puesto, mi cabello peinado en un elegante moño y mi maquillaje perfecto, sino por las palabras de ambos.

Esos hombres me trataban de una forma que me hacía sentir la mujer más hermosa y afortunada del mundo por tenerlos.

Solo había una cosa que me impedía sentir que mi felicidad era completa: todavía no sabía cuál de los dos sería el hombre que, legalmente, se convertiría en mi esposo.

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