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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 171

~MILA~

Mi hermano me ofreció el brazo con la misma solemnidad con la que lo habría hecho nuestro padre si hubiera seguido con vida. Me aferré a él y salimos juntos de la habitación, seguidos por Alessia, atravesando los largos pasillos de la mansión hasta llegar a la limusina que nos esperaba para llevarnos a la ceremonia.

Alessia se fue junto a Artem en otro coche que nos siguió, junto a un convoy de carros con hombres para salvaguardar nuestra seguridad.

Pocos minutos después, el automóvil se detuvo frente a la impresionante Catedral de Nápoles. La seguridad de la misma se duplicó cuando nuestro convoy se desplegó alrededor. Los soldados de las dos organizaciones vigilaban atentos desde varios puntos para evitar cualquier percance que se pudiera presentar, porque aunque nuestros enemigos principales estaban muertos en nuestro mundo uno no se podía confiar con tanta facilidad.

Alessia y Artem bajaron del coche en el que se conducían y se posicionaron frente a la entrada, esperando por nosotros. Ellos dos serían nuestros padrinos de boda.

Finalmente, el conductor de nuestra limusina se bajó primero y abrió la puerta de mi hermano. Maksim se bajó y estiró su mano hacia mí para ayudarme a bajar. Cuando lo hice sentí que los nervios regresaban con mucha más fuerza.

Mi corazón comenzó a latir tan deprisa que temí que todos pudieran escucharlo.

Las enormes puertas de la catedral que permanecían abiertas esperando mi llegada se alzaron imponentes ante mí.

Apreté mi agarre alrededor del brazo de Maksim y él me sonrió antes de que empezáramos a avanzar en silencio hacia el interior de la catedral.

Bastó cruzar el umbral para que la marcha nupcial comenzara a llenar el inmenso recinto con su melodía solemne. Cientos de rostros se giraron para apreciar nuestra entrada: un mar de los criminales más peligrosos de la Bratva, la Camorra y La Ndrangheta, vestidos con sus mejores galas y luciendo como las personas malas elegantes y religiosas del mundo.

Quien no los conociera no podría haber adivinado que sus manos estaban manchadas de sangre y los pecados más atroces del universo.

Yo lo sabía, más sin embargo no me importaba, porque en lo único que podía centrarme era en cada uno de los detalles que engalanaba la preciosa ceremonia que habían preparado para mí.

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