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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 180

~MILA~

Comencé a caminar hacia la enfermera y los hermanos se colocaron inmediatamente uno a cada lado de mí. Paolo intentó tomarme del brazo.

—Puedo caminar sola.

—Lo sabemos.

—Entonces suéltame.

—No —respondió insistente y me tomó el brazo. Nicolo hizo lo mismo con el otro, haciéndome sentir una niña pequeña que podía perderse o sufrir un accidente en el camino por ser muy tonta.

Resoplé.

La enfermera nos condujo hasta el consultorio de la doctora Amato y, apenas entramos, la encontramos sentada detrás de su escritorio revisando unos documentos. Levantó la mirada y sonrió al vernos.

—Mila. Qué gusto volver a verte.

—Hola, doctora.

La doctora miró a los hermanos.

—Y a ustedes también, señores Ravelli.

—Doctora —saludaron ambos con una ligera sonrisa amable.

No parecían muy contentos y estaba segura de que se debía al tiempo que tuvimos que esperar y a mis ganas de hacer pipí.

—Veo que la luna de miel terminó.

Sentí que las mejillas comenzaban a arderme.

—Sí. Regresamos ayer.

—¿Y qué tal estuvo?

Antes de que pudiera responder, Paolo sonrió.

—Excelente.

Nicolo también asintió.

—Inolvidable.

Los miré con los ojos entrecerrados.

—La doctora me preguntó a mí.

—Solo estábamos ayudándote a responder —se defendió Nicolo.

La doctora Amato soltó una pequeña risa y señaló las sillas frente a su escritorio.

—Me alegra saber que disfrutaron. Ahora cuéntame cómo te has sentido estas últimas semanas, Mila. ¿Has tenido náuseas?

Tomé asiento.

—Algunas. Especialmente por las mañanas.

—¿Vómitos frecuentes?

—No demasiado. Solo unas cuantas veces.

—¿Mareos?

—A veces cuando me levanto demasiado rápido.

La doctora asintió mientras anotaba algo.

—¿Sangrado?

—No.

—¿Dolor abdominal fuerte o cólicos intensos?

Negué.

—Nada de eso.

—¿Cambios en el apetito?

Paolo dejó escapar una risa.

—Come todo el tiempo.

Giré la cabeza hacia él.

—¡No es cierto!

—Anoche te levantaste a las dos de la mañana porque querías fresas.

—Tenía antojo.

—Y después quisiste queso.

—También tenía antojo.

Nicolo intervino.

—Y luego lloró porque las fresas y el queso no sabían bien juntos.

Abrí la boca, indignada.

—¡Ustedes prometieron que jamás hablaríamos de eso!

La doctora Amato comenzó a reír.

—Los cambios en el apetito y los antojos son completamente normales.

—¿Lo ven? —dije, señalando a los hermanos—. Soy normal.

—Nunca hemos dicho lo contrario, principessa —respondió Paolo.

—Sus caras sí lo dicen.

La doctora terminó de hacer algunas anotaciones y se levantó.

—Bien. Vamos a ver cómo está el bebé.

Toda la diversión desapareció inmediatamente y sentí cómo los nervios regresaban.

Sabía que no tenía motivos para preocuparme porque la primera ecografía había confirmado que todo estaba bien. Pero aun así... era imposible no sentir miedo.

Me levanté y caminé hasta la zona del consultorio destinada al examen. La doctora cerró una cortina para darme privacidad y me indicó que levantara el vestido lo suficiente para dejar mi abdomen descubierto.

—Puedes acostarte.

Obedecí.

Paolo y Nicolo aparecieron inmediatamente a cada lado de la camilla.

—¿También van a sujetarme las manos? —bromeé.

Los dos extendieron las suyas al mismo tiempo.

Sonreí y tomé una. Luego la otra.

La doctora Amato acercó el equipo y encendió el monitor. La pantalla se iluminó frente a nosotros y sentí que el corazón comenzaba a latirme con más fuerza.

—El gel estará un poco frío.

—Está bien.

Fruncí el ceño.

—¿Comprobar qué?

No respondió, sino que volvió la mirada hacia la pantalla y presionó algunos botones del equipo. La imagen cambió y entonces escuché un sonido rápido y constante llenar el consultorio.

Mi corazón se detuvo.

—¿Eso es...?

—El latido —respondió la doctora.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

Paolo llevó mi mano hasta sus labios y la besó. Nicolo hizo lo mismo. Los miré a cada uno y noté que estaban tan emocionados como lo estaba yo.

El sonido era rápido, fuerte y hermoso.

Dios... estábamos escuchando a nuestro bebé.

Sonreí mientras las lágrimas comenzaban a rodar por mis mejillas.

La doctora volvió a presionar algunos botones y el sonido desapareció.

—¿Por qué lo quitó?

—Porque quiero que escuches algo más.

Fruncí el ceño.

Movió nuevamente el transductor y buscó otro ángulo. Entonces el sonido regresó. Rápido y constante.

Parpadeé y miré la pantalla. Después a la doctora.

—¿Es otra vez el corazón del bebé?

La doctora sonrió.

—No exactamente.

Sentí que Paolo y Nicolo se tensaban a mi lado.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

La doctora Amato apartó finalmente la mirada de la pantalla y me observó directamente.

—Mila, en tu primera ecografía había algo que quería volver a revisar cuando el embarazo estuviera un poco más avanzado. Era demasiado pronto para asegurarlo y no quería darte información que todavía no podía confirmar.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—¿Información sobre qué? ¿Qué pasa?

La sonrisa de la doctora se amplió.

—Sobre el número de bebés.

No entendí nada.

—¿El número...?

Ella giró ligeramente el monitor hacia nosotros y señaló dos puntos diferentes de la imagen.

—Mila, no estás esperando un bebé.

Apreté con fuerza las manos de Nicolo y Paolo.

La doctora Amato sonrió.

—Estás esperando dos.

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