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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 184

~MAKSIM~

No recordaba la última vez que había vomitado. Probablemente había sido de niño y, aun así, dudaba que alguna vez me hubiera sentido tan jodidamente miserable. Cuando finalmente mi estómago decidió dejar de intentar salir de mi cuerpo por la boca, accioné la descarga y me quedé inclinado, respirando profundamente.

Escuché unos golpes en la puerta.

—Maksim, ¿estás bien?

Se trataba de Alessia.

—Estoy bien.

—Acabas de salir corriendo como si te persiguiera el mismísimo diablo y llevas varios minutos vomitando. Abre la puerta.

—No.

—Maksim.

Gruñí rabioso.

—Abre la maldita puerta o le pediré a Artem que la derribe.

Levanté la cabeza y miré mi reflejo en el pequeño espejo frente al lavabo.

Estaba hecho una m****a: pálido, con el cabello ligeramente pegado a la frente por el sudor y los ojos enrojecidos.

Joder.

Abrí la puerta porque sabía que iba aa cumplir su promesa si no lo hacía.

Alessia entró inmediatamente y la cerró detrás de ella. Su mirada recorrió mi rostro y después bajó por mi cuerpo como si estuviera buscando una herida de bala que explicara mi estado.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Maksim.

—Solo vomité un poco —murmuré irritado.

Movió las cejas.

—Eso ya lo sé. Creo que hasta el piloto lo sabe.

La miré mal.

—No tiene gracia.

—No me estoy riendo.

Sí quería hacerlo. Podía verlo en sus malditos ojos.

Me giré hacia el lavabo, abrí el grifo y me enjuagué la boca antes de buscar el pequeño neceser que siempre llevaba en el avión. Saqué el cepillo de dientes y la pasta.

—¿Sigues sintiendo náuseas? —preguntó Alessia.

—Sí.

—¿Te duele el estómago?

—No.

—¿La cabeza?

—No.

—¿Tienes fiebre?

—No lo sé.

—Estabas helado.

—Entonces supongo que no tengo fiebre.

—No seas tan cabezota, bestia.

Apliqué pasta al cepillo y comencé a lavarme los dientes. El sabor fresco de la menta me ayudó a quitarme la desagradable sensación de la boca y, por unos segundos, las náuseas parecieron disminuir.

Alessia se apoyó contra la pared y cruzó los brazos.

—¿Será que algo te hizo daño?

Escupí la pasta en el lavabo.

—Eso creo.

—¿Qué comiste?

Me quedé pensando.

Había desayunado lo mismo que casi siempre. Nada fuera de lo normal. La noche anterior había cenado en casa y Anton había preparado...

Mi estómago se revolvió con solo recordarlo.

Cerré los ojos.

—El borsch.

—¿Qué?

Abrí el grifo y enjuagué el cepillo.

—Creo que fue el borsch de anoche.

Alessia me miró como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—¿El borsch?

—Sí.

—¿A un ruso le hizo daño el borsch?

Me encogí de hombros mientras volvía a cepillarme los dientes.

—Puede pasar.

—¿Puede pasar?

Asentí.

—Maksim, tú podrías desayunar borsch, almorzar borsch y cenar borsch durante una semana sin quejarte.

Solo imaginarlo hizo que otra oleada de náuseas me revolviera el estómago.

Me detuve.

—Joder.

Alessia descruzó los brazos.

—¿Qué?

—No vuelvas a decir esa palabra.

—¿Borsch?

Cerré los ojos.

—Alessia.

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