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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 186

~ALESSIA~

Cruzamos la entrada de la mansión y apenas avanzamos unos pasos un delicioso aroma llegó hasta mí. Inhalé profundamente y sentí que mi estómago reaccionaba de inmediato, recordándome que apenas había comido durante el vuelo.

—Dios... —murmuré—. Eso huele delicioso.

Reconocí el aroma de la salsa de tomate, el ajo y las especias que Luigi utilizaba para preparar su espagueti especial. Seguramente había decidido cocinarlo para la cena porque sabía lo mucho que me encantaba su espagueti.

—Luigi debe estar haciendo espagueti —dije.

—Sí —confirmó Mila—. Le pedí que preparara su receta especial porque sé que te gusta.

—Te amo.

Mila soltó una risa.

—Yo también.

—¿Qué carajos es ese olor?

La voz de Maksim hizo que todos giráramos hacia él.

Estaba detenido unos pasos detrás de nosotros con el rostro contraído en una mueca de absoluto asco. La poca palidez que había perdido al bajar del automóvil regresó de golpe y vi cómo tragaba saliva.

—¿Qué olor? —pregunté.

—Ese.

—¿Cuál?

—Ese olor nauseabundo.

Mila frunció el ceño.

—No hay ningún olor nauseabundo.

—Claro que lo hay.

—Es la cena.

—Pues huele como si Luigi estuviera cocinando un cadáver podrido.

Abrí los ojos.

—¡Maksim!

Él se llevó una mano al estómago.

—Joder.

Mi diversión desapareció.

—¿Otra vez?

No respondió, sino que apretó la mandíbula y respiró lentamente por la boca.

—Maksim —lo llamé.

—Aleja ese olor de mí.

Mila lo miró completamente desconcertada.

—¿El del espagueti?

—Sí.

—Pero te gusta el espagueti de Luigi.

—Ya no.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

Una arcada hizo que se cubriera la boca con la mano.

—Oh, Dios —exclamó Mila—. Va a vomitar.

—No voy a vomitar —masculló Maksim detrás de la mano.

—Tienes cara de que vas a vomitar.

—¡Que no voy a vomitar!

—Vamos a la sala de estar —dije, agarrándolo por el brazo—. Está más lejos de la cocina.

No esperé a que protestara. Comencé a arrastrarlo hacia la sala principal y los demás nos siguieron. Cerré las puertas que daban privacidad a la sala apenas todos entramos y comprobé que el olor de la comida apenas llegaba hasta allí y desaparecía totalmente manteniendo las puertas cerradas.

Maksim inhaló con cautela y se dejó caer pesadamente en uno de los sillones.

—¿Mejor? —pregunté.

—Sí.

Lo observé durante unos segundos. Seguía pálido. Se veía cansado. Y ahora dos comidas que normalmente le gustaban parecían provocarle unas náuseas insoportables.

Aquello ya no me parecía una simple indigestión.

Me crucé de brazos y lo miré fijamente mientras él cerraba los ojos y apoyaba la cabeza contra el respaldo.

Algo le pasaba a mi esposo y si pensaba que iba a salir de Nápoles sin que la doctora Amato lo revisara de pies a cabeza, todavía no había comprendido que yo podía ser mucho más terca que él.

Nicolo y Paolo se acercaron al pequeño bar que había en una esquina de la sala y comenzaron a ofrecernos bebidas mientras Mila se sentaba en uno de los sillones, todavía con aquella sonrisa misteriosa que empezaba a impacientarme casi tanto como a Maksim.

—Vodka —pidió Artem sin pensarlo demasiado.

—Una copa de vino para mí —dije.

Paolo asintió y luego miró a Maksim.

—¿Vodka también, cuñado?

—Agua.

Las miradas de todos se clavaron en él. Incluso yo giré lentamente la cabeza para observarlo, preguntándome si había escuchado bien o si las horas de viaje comenzaban a tostarme el cerebro. Maksim, ajeno a nuestra sorpresa o simplemente demasiado cansado para prestarle atención, se acomodó mejor en el sillón y cerró los ojos.

—¿Agua? —repitió Artem—. ¿Cómo carajos no vas a tomar vodka como el buen ruso que eres?

Maksim abrió un ojo y lo miró con fastidio.

—No tengo ganas.

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