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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 196

~ALESSIA~

Si alguien me hubiera dicho unos meses atrás que terminaría discutiendo con Maksim porque había convertido una simple salida al médico en una operación militar, probablemente me habría reído. Sin embargo, allí estaba, de pie frente a la entrada principal de la mansión, contemplando un despliegue de seguridad tan desproporcionado que hasta yo, que había nacido y crecido dentro de la Camorra, encontraba mega exagerado.

Oh, Dios.

Cuatro camionetas blindadas esperaban con los motores encendidos, hombres armados revisaban una y otra vez el perímetro, varios soldados hablaban por radio utilizando canales encriptados y otros inspeccionaban los bajos de cada vehículo con espejos telescópicos, como si esperaran encontrar un explosivo oculto. Ni siquiera cuando mi padre viajaba para reunirse con los demás capos italianos había visto semejante nivel de paranoia.

Soltando un suspiro hondo, crucé los brazos mientras observaba cómo uno de los hombres de la Bratva volvía a revisar el interior de la camioneta en la que se suponía que viajaríamos. Lo había visto hacerlo diez minutos antes y estaba bastante segura de que el vehículo no había fabricado una bomba por generación espontánea durante ese tiempo.

A pocos metros, Artem caminaba de un lado a otro con una tableta electrónica en la mano, dando instrucciones por el auricular que llevaba colocado. Hablaba con la misma tranquilidad con la que organizaba una emboscada o coordinaba una operación internacional, salvo que, esta vez, el objetivo consistía en llevar a una mujer embarazada a realizarse una ecografía.

¡Ja! Qué ridiculez.

—Equipo uno, posición confirmada. Equipo dos, mantengan despejado el acceso norte. Quiero comunicación constante con el convoy durante todo el recorrido.

Negué despacio con la cabeza.

—Artem.

Él levantó la vista inmediatamente.

—¿Sí?

—¿De verdad estás siguiendo a Maksim en este juego tonto?

Sonrió con una mezcla de resignación y lástima, y me respondió con un encogimiento de hombros.

—No tengo de otra.

Volví a suspirar.

—No sé si tengo más lastima de mí o de ti.

Artem se acercó un poco más, bajando la voz como si fuera a compartir un secreto de Estado.

—Para ser sincero... logré convencerlo de reducir el operativo.

Lo miré alrededor.

—¿Reducirlo?

—Sí.

Parpadeé.

—No quiero imaginar cómo era el plan original.

—Había francotiradores.

Lo miré fijamente.

—¿Me estás tomando el pelo?

—En varios edificios.

Respiré hondo y no repliqué, porque le creía todo y hasta más, que viniera del paranoico de mi esposo.

—Voy a hacer como que no escuché eso.

—Bien por ti.

Como si hubiéramos invocado a un demonio del Inframundo para que viniera al mundo a causar mucho caos, la puerta principal se abrió y Maksim apareció vestido con un traje negro impecablemente ajustado, sin corbata, con una carpeta bajo el brazo y el teléfono en la otra mano. Caminaba revisando una serie de documentos sin apartar la vista de ellos y solo levantó la cabeza cuando estuvo a pocos pasos de nosotros.

Me dedicó una breve mirada, suficiente para comprobar que estaba allí, y después volvió inmediatamente al papel que llevaba entre las manos.

—¿Las rutas alternativas?

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