Entrar Via

LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 22

~MAKSIM~

Las palabras de mi querida esposa no solo cortaron el aire, lo tensaron.

Giré sobre mis talones despacio, sin prisa, porque ya sabía que no me iba a gustar nadita lo que iba a pasar a continuación… pero aun así lo hice. Y ahí estaba ella, con esa maldita seguridad que parecía no tambalearse nunca, como si no acabara de traer a dos hombres a mi propiedad sin permiso, como si ese no fuera un acto de desafío directo contra mí.

La miré de arriba abajo, evaluándola con dureza, y mi mirada se desvió un momento para apreciar el escote de su blusa. Esas enormes sandías italianas parecían a punto de salirse.

«Pero, ¿qué demonios hago yo fijándome en las tetas de esa gorda?»

Mentalmente, sacudí la cabeza para alejar la imagen y los pensamientos que empezaban a arremolinarse en mi cabeza y volví a centrarme en sus ojos.

—¿Qué demonios significa esto? —pregunté, señalando a los italianos sin apartar la vista de ella.

No dudó. Ni un segundo.

—Significa que, ya que no confío en ninguno de los hombres de la Bratva, a partir de ahora ellos serán mis escoltas.

Hubo un silencio. Corto. Pesado. Y luego sentí cómo la ira subía, lenta, peligrosa.

—No necesitas escoltas —respondí con voz baja, controlada—. Y mucho menos hombres de confianza.

Ella soltó un bufido cargado de ironía.

—Después de lo que pasó en la boda, claro que los necesito —replicó con total tranquilidad, como si estuviera hablando de algo lógico, incuestionable.

Di un paso hacia ella, invadiendo su espacio.

—No necesitas más hombres —insistí—. Con los míos es suficiente.

Su expresión cambió apenas. Lo justo. Lo suficiente para volverse más fría.

—¿No escuchaste lo que acabo de decir? ¿Lo dije en italiano o eres tan tonto que se te enreda el inglés? —dijo con sorna—. He dicho que no confío en ningún ruso, mucho menos en tus hombres... hombres que no pudieron mantener ni siquiera a su Pakhan a salvo y tuvieron que esperar a que una mujer italiana le salvara el trasero.

Eso me golpeó directo en el orgullo.

Sentí que mi mandíbula se tensó con fuerza.

—Estás en mi casa —gruñí—. Bajo mi protección. Bajo mis reglas.

—Estoy en esta casa porque tú me trajiste —replicó sin ceder—. Pero eso no significa que tenga que confiar en tus hombres.

La miré fijamente, detestando con todo mi ser cada cosa que ella era: desafiante, insolente e incontrolable.

—Maldita sea mujer —murmuré con rabia contenida–. ¿Por qué eres tan insoportable?

—¿Y tú por qué eres un idiota que no escucha? —replicó sin titubear.

Mi paciencia se estaba acabando, especialmente porque me estaba dejando en ridículo frente a mis hombres, que estaban viendo cómo no podía controlar a una maldita mujer... a mi esposa.

—Escúchame bien, no voy a pagar más hombres de los que ya tengo —espeté, endureciendo la voz—. Aquí no entra nadie sin mi autorización.

Eso la hizo sonreír. Y esa sonrisa no fue dulce. Fue provocadora.

—¿En algún momento te he pedido un solo centavo de tu asqueroso dinero? —escupió, dando un paso hacia mí—. Porque, hasta donde recuerdo, no te lo he pedido. ¿Y sabes por qué? Porque no lo necesito.

Señaló a los italianos sin apartar los ojos de los míos.

—Ellos trabajan para mí. Yo les pago. Y, por lo tanto, se quedan.

PONLE FLORES 1

PONLE FLORES 2

Verify captcha to read the content.VERIFYCAPTCHA_LABEL

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO