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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 23

~MAKSIM~

La rabia no se me bajó.

Ni un poco.

Se quedó allí, hirviendo bajo mi piel, alimentándose de cada segundo que pasaba, del recuerdo de cómo Alessia se había dado la vuelta delante de todos, de cómo había hecho exactamente lo que le daba la gana sin importarle mi palabra… y de esos malditos comentarios que habían hecho esos dos imbéciles y que todavía me retumbaban en la cabeza.

Apreté la mandíbula y empecé a caminar tras ella.

No.

Por supuesto que no iba a dejar eso así.

Aceleré el paso, recortando la distancia mientras la veía avanzar con sus dos italianos detrás, como si ya se hubiera instalado en mi mundo sin pedir permiso.

—Ey… —la llamé.

No se detuvo.

Ni siquiera giró la cabeza.

—Ey, tú.

Nada.

Como si no fuera con ella.

La sangre me subió de golpe.

Apreté más el paso hasta alcanzarla y, cuando estuve lo suficientemente cerca, le agarré el hombro con fuerza y la obligué a girarse.

Se volvió de inmediato.

Sus ojos se clavaron en los míos, encendidos por la rabia y se zafó de mi mano de una manotada y me lanzó la mirada más irritada que había visto en ella.

—¿Qué te pasa, imbécil?

Gruñí.

—¿Eres sorda? ¿No escuchas que te estoy hablando?

—¿Has mencionado mi nombre en algún momento? —replicó sin bajar el tono—. Yo no me llamo “ey, tú”.

Apreté los dientes.

No tenía respuesta para eso, pero tampoco iba a dársela.

Desvié la mirada hacia los dos italianos, que seguían allí, observando, tensos.

—Lárguense —ordené.

No se movieron ni un centímetro. En lugar de eso, miraron a Alessia. Esperando una orden de su parte, como si yo no tuviera ninguna autoridad sobre ellos.

Resoplé, sintiendo cómo la paciencia se me acababa.

—Diles que se vayan —le exigí, volviendo a mirarla—. Quiero hablar contigo a solas.

Rodó los ojos con irritación, como si le estuviera pidiendo un favor innecesario, pero al final hizo un leve gesto con la cabeza.

Fue suficiente.

Los dos hombres se retiraron sin decir nada.

Cuando desaparecieron lo suficiente, Alessia se cruzó de brazos y levantó una ceja.

—¿Qué quieres?

La miré fijamente. Con el gesto endurecido, la respiración aún cargada. Y entonces mi mirada bajó a su escote. Abierto. Demasiado.

Sin pensarlo, como un maldito troglodita, llevé las manos a los bordes de su camisa y los junté de un tirón, cubriéndola.

—Quiero que te cubras.

Su reacción fue inmediata.

Me apartó las manos con golpes secos, fulminándome con la mirada.

—¿Pero quién demonios te crees?

Intenté hacerlo otra vez.

Cubrirla.

Y ella volvió a detenerme, golpeándome las manos, empujándome el pecho.

—¡Detente, imbécil! —ordenó—. ¡Detente! ¿Qué diablos te ocurre? ¿Quién te crees para tocarme?

—Cúbrete —gruñí, sin ceder.

—¿Por qué demonios voy a cubrirme?

—Porque sí.

—Esa no es una maldita respuesta.

Me pasé una mano por el rostro, con irritación.

—Mis hombres te están viendo y haciendo comentarios estúpidos —solté, mordiendo cada maldita palabra, cada estúpida sílaba, cada jodida letra.

Soltó una risa irónica y sacudió la cabeza, negando.

—¿Y a ti qué te importa? —disparó—. Si me miran o no, si dicen cosas… ¿qué problema hay con eso?

Sentí el gesto tensarse más.

—Claro que me importa.

Ella parpadeó, confundida.

—¿Y por qué?

—Pensé que habías dejado claro que esta gorda no te interesaba —dijo con veneno—. Que nuestro matrimonio no era más que un adorno en el papel.

La rabia me golpeó de lleno.

Orgullo.

Ego.

Todo mezclado.

—Así es —solté—. No me interesas. No eres más que un adorno en el papel. Ni de cerca creas que siento celos por ti.

Se cruzó de brazos.

—Perfecto.

Su tono cambió. Más frío. Más directo.

—Entonces no te metas en mis asuntos —continuó—. Y no vuelvas a meterte con mis malditos escotes.

Di un paso hacia ella.

—Alessia…

—No —me cortó—. Si tus hombres o cualquier otro hombre quiere mirar, que mire. Si quieren hablar, que hablen. Y si quieren probar… que prueben también.

Eso me atravesó como un disparo.

La miré fijamente.

—Después de todo —añadió—, tú y yo no somos nada. Solo un adorno en el papel.

Se inclinó apenas hacia mí.

—Y eso no debería ser ningún problema… ¿verdad, querido esposo?

Sentí la sangre hervir.

Ella se descruzó de brazos y me dio una ligera palmadita en el pecho. Luego se dio la vuelta. Como si nada. Como si no acabara de provocar un incendio.

—Alessia —gruñí.

Fui tras ella y la agarré del brazo.

Se soltó de inmediato. Con fuerza.

—Ay, ya suéltame y déjame en paz —me espetó—. Ve a buscar algo mejor que hacer.

Y siguió caminando sin mirar atrás.

Y yo me quedé allí.

Con la rabia ardiendo y algo más. Algo que no supe reconocer. Pero que ya estaba ahí.

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