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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 24

~ALESSIA~

No me giré a ver la situación en la que lo había dejado, porque no lo necesitaba

Seguí caminando con la cabeza en alto, sintiendo su mirada clavada en mi espalda, pesada, cargada de todo lo que no dijo… y de lo que sí. Pero cuando estuve lo suficientemente lejos, cuando ya no había posibilidad de que me detuviera otra vez con su maldita mano autoritaria, una sonrisa lenta empezó a dibujarse en mis labios.

No estaba enfadada por la discusión que acabábamos de tener. Ni siquiera un poco.

De hecho era todo lo contrario. Estaba satisfecha porque lo había visto. Lo había sentido.

Ese momento en el que se quedó sin palabras, en el que vaciló, en el que no supo qué responder cuando le pregunté si estaba celoso. Maksim Volkov, el hombre que el día de la boda me miró como si fuera basura, como si no valiera nada, como si yo fuera incapaz de provocarle algo más que rechazo… se había quedado sin respuesta y se notaba celoso.

Y eso no pasaba. No con hombres como él. Y eso, en nuestro caso, era un avance. Uno grande.

No iba a engañarme pensando que de pronto le importaba y estaba locamente enamorado de mí, pero me satisfacía saber que ya no era indiferencia pura. Había algo más. Interés, irritación, necesidad de control… lo que fuera, pero estaba ahí. Y en mi mundo, cualquier grieta era una oportunidad.

Y yo sabía exactamente cómo aprovecharlas.

Llegué hasta donde Nicolo y Paolo me esperaban, apartados como les había indicado, con esa presencia discreta que los caracterizaba. No hacían ruido, no llamaban la atención, pero siempre estaban. Siempre observaban. Siempre listos.

—Síganme —les dije sin detenerme.

No hicieron preguntas. Ellos nunca lo hacían. Solo ejecutaban.

Caminamos hacia una zona más alejada de la casa, lo suficiente para asegurarnos de que nadie estuviera escuchando. Cuando estuve segura de eso, me detuve y giré hacia ellos, cruzándome de brazos mientras los observaba con atención.

Eran exactamente lo que necesitaba.

—Confío en ustedes —empecé, directa—. Y no es algo que diga a la ligera.

Nicolo inclinó apenas la cabeza, serio.

Paolo mantuvo la mirada firme.

—Sé quiénes son —continué—. Sé lo que han hecho. Y sé muy bien que su lealtad está con la familia Cardinale… y con mi padre.

Vi la afirmación silenciosa en sus gestos.

No necesitaba más.

—Por eso los pedí aquí.

Di un paso lento frente a ellos, midiendo cada palabra.

—Lo que necesito no es fuerza —dije—. No ahora.

Ellos entendieron. Por supuesto que lo hicieron.

—Quiero información.

El ambiente se tensó apenas.

—Van a quedarse aquí —continué—. Y se van a mezclar con los hombres de Volkov. Van a escuchar cada palabra que se diga. A observar cada cosa, cada movimiento. A memorizar cada detalle, cada nombre, cada movimiento que les parezca fuera de lugar.

Nicolo habló primero.

—¿Qué estamos buscando exactamente, signorina?

—Al responsable del atentado —respondí sin dudar—. O cualquier cosa que nos acerque a él.

Paolo frunció el ceño apenas.

—Capito.

Asentí.

—Esto no es solo una cuestión de seguridad —añadí—. Es una cuestión de poder.

Porque lo era. Porque quien controlaba la información, controlaba el juego.

—Quiero saber quién se atrevió a atacar el día de la boda —continué—. Quién pensó que podía salirse con la suya. Y cuando lo sepamos…

Dejé la frase en el aire. No hacía falta terminarla. Ellos ya lo sabían.

—Van a encontrarlo —dije al final, con una certeza absoluta que no necesitaba ser cuestionada.

Porque yo no fallaba y ellos tampoco.

—Pueden irse y empezar con la cacería de información.

Ambos asintieron y se retiraron sin hacer ruido, perdiéndose en la propiedad como si siempre hubieran pertenecido a ella.

Me quedé sola por un momento.

Respiré hondo, dejando que la calma se asentara en mi pecho mientras miraba hacia la casa, hacia ese lugar que aún no era mío… pero que empezaba a moldearse a mi manera.

Maksim podía seguir creyendo que yo era un problema. Podía seguir subestimándome. Podía seguir aferrándose a esa idea absurda de control.

Pero yo ya estaba moviendo piezas.

Y cuando todo encajara, no iba a haber nada que él pudiera hacer para detenerme.

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