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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 27

~MAKSIM~

Unos segundos después, salimos al jardín como si nada. Como si no estuviéramos a punto de comprobar algo que, de ser cierto, podía cambiar el sentido de todo. De mi puta existencia misma.

Pero es que con todo mi ser esperaba que Artem estuviera bien equivocado, porque yo no podía sentir celos por Alessia Cardinale.

Me negaba a aceptarlo.

Artem caminaba a mi lado con una tranquilidad que me resultaba irritante, como si ya supiera el resultado de ese maldito experimento y solo estuviera esperando que yo lo admitiera.

Yo no dije nada. No tenía intención de hacerlo. Me limité a fijar la mirada al frente… hasta que las vi.

Mila y Alessia avanzaban por el jardín con esa despreocupación insultante que parecía envolverlas desde que estaban juntas. Hablaban, reían, como si no hubiera nada más en el mundo. Como si yo no existiera.

Y como si no existieran mis hombres.

Porque ellos sí existían y los muy hijos de perra reaccionaban.

El primer grupo estaba cerca de uno de los senderos. Apenas Alessia pasó frente a ellos, lo vi. Las miradas. Cómo se enderezaban apenas. Cómo la seguían con los ojos sin el menor disimulo. Cómo uno incluso ladeó la cabeza como si estuviera evaluando cada centímetro de ese enorme culo que ella se cargaba.

Por una m****a. Es que en serio; el hijo de puta hasta babeó, tal y como si, lo dijo Artem, estuviera viendo un maldito filete jugoso al que le quisiera hincar el diente.

Sentí el primer golpe. Caliente. Subiéndome desde el pecho.

Mi mano se movió sola y se cerró sobre la cacha de la pistola.

Una de dos. O el maldito se quedaba sin dientes y sin ojos con un cachazo de mi pistola, o lo mataba a balazos.

Artem me agarró la muñeca antes de que pudiera siquiera pensar en lo que estaba haciendo.

—Ni se te ocurra —murmuró, sin dejar de caminar—. Recuerda el experimento.

Apreté los dientes.

—Solo están mirando —añadió—. Si disparas… no es por disciplina. Es porque estás celoso.

Solté el arma a la fuerza.

Pero la rabia no se fue.

Cuando pasamos frente a ellos y advirtieron nuestra presencia, seguramente recordaron lo que había sucedido el día anterior, porque dieron un brinco por el sobresalto y sus ojos se abrieron, asustados.

—P-Pakhan... —murmuraron en un hilo de voz titubeante.

Quise que mi mirada lanzara dagas para enterrárselas en los ojos a los muy hijos de puta, pero no dije nada. Solo avancé con la sangre hirviéndome en las venas.

Seguimos avanzando, manteniendo la distancia, observando. Otro grupo. Luego otro. Y en cada uno se repetía la misma escena. Miradas. Comentarios bajos. Gestos que no necesitaban palabras.

Y cada vez que ocurría… mi sangre hervía un poco más.

Cuando pasamos cerca de ellos, los hombres se tensaban. Bajaban la mirada. Algunos incluso daban un paso atrás, porque sabían lo que había en mis ojos. No hacía falta que dijera nada.

Querían vivir y estaban haciendo un esfuerzo evidente por lograrlo. Uno muy patético, por cierto.

—Respira —murmuró Artem a mi lado, casi con diversión contenida.

No respondí. Porque si abría la boca iba a ordenar algo. Y no iba a gustarle a nadie.

Llegamos hasta la zona de la piscina y nos detuvimos lo suficientemente lejos como para no ser obvios, pero lo bastante cerca como para ver cada movimiento.

Mila se acomodó primero, en una de las tumbonas. Alessia después.

Y entonces ocurrió algo que no me esperaba.

La vi de verdad. No como antes. No como ese error que había decidido que era.

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