~MINA~
La noche cayó demasiado despacio para mi gusto. Para entonces ya tenía preparada una bolsa con las pocas cosas que pensaba llevarme: algo de ropa, los medicamentos, el cargador del teléfono y lo necesario para no tener que regresar por nada si Artem decidía sacarme de Sinaloa esa misma noche.
La dejé junto al sofá, con las muletas cerca, y desde entonces no había hecho más que caminar de un lado a otro del departamento, sentarme unos minutos, volver a levantarme y revisar el teléfono como si mirarlo cada treinta segundos pudiera hacer que Artem apareciera más rápido.
No me había dicho exactamente a qué hora llegaría, solo que volaría ese mismo día y que no saliera, no abriera la puerta y no volviera a acercarme a la ventana. Había obedecido, aunque me estaba costando un chingo.
Cada tanto miraba hacia las cortinas cerradas y tenía que contener el impulso de apartarlas.
Quería saber si el coche seguía allí, si aquel hombre había regresado o si toda aquella mañana había terminado siendo una coincidencia desagradable. Pero entonces recordaba la voz seria de Artem diciéndome que no me acercara y me obligaba a mantenerme lejos. Si él consideraba que la situación era lo bastante peligrosa para tomar un avión y venir personalmente por mí, quizá lo más inteligente era hacerle caso.
Agarré el teléfono otra vez, comprobé que no hubiera mensajes nuevos y abrí nuestra conversación. Estuve a punto de escribirle para preguntarle dónde estaba, pero terminé cerrándola sin enviar nada.
Si estaba viajando, probablemente no podía contestarme. Solo tenía que aguantar unas horas más. Después Artem llegaría, yo agarraría mi bolsa y me largaría de aquel departamento.
Un ruido seco proveniente de la calle me hizo levantar la cabeza. Me quedé inmóvil y, apenas unos segundos después, escuché otro.
Esta vez no tuve dudas. Eran disparos. El corazón me dio un golpe violento contra el pecho y me puse de pie tan rápido que tuve que afirmarme en el respaldo del sofá cuando el pie lastimado protestó. Entonces llegaron otros dos estallidos, demasiado cerca, y el miedo que había pasado el día intentando mantener bajo control me subió de golpe hasta la garganta.
—No, no, no... —murmuré.
Miré hacia la ventana. Artem me había dicho que no me acercara, pero otro disparo volvió a romper la noche y toda intención de obedecerlo se fue a la chingada.
Tomé una de las muletas, avancé hasta la pared junto a la ventana y me pegué a ella sin ponerme frente al cristal.
Con una mano aparté apenas la cortina desde un costado y asomé lo mínimo necesario para mirar hacia abajo. El coche de vidrios polarizados estaba allí, pero ya no estaba solo. Había otro vehículo detenido unos metros más adelante y varios hombres se movían alrededor de ambos.
Alcancé a distinguir las armas en sus manos y el estómago se me hundió de inmediato. Uno de ellos era el mismo hombre que había visto esa mañana, el que había salido del automóvil para recorrer las esquinas y después había mirado hacia mi ventana.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...