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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 52

~ALESSIA~

Tal y como Maksim me lo indicó, a las siete en punto estaba lista y saliendo de mi habitación para ir a encontrarme con él. No me había indicado los detalles de en dónde nos íbamos a encontrar o qué diablos íbamos a hacer, pero yo imaginaba que nos íbamos a encontrar en la sala de la casa y que iríamos a cenar a algún restaurante, así que no me puse nada extravagante.

Un vestido rojo que abrazaba cada curva de mi cuerpo con una elegancia peligrosa, ajustándose a mi cintura y descendiendo en pliegues suaves hasta abrirse sobre uno de mis muslos con una provocación calculada. El escote cruzado dejaba al descubierto la generosa línea de mis pechos, aunque no tanto para que Maksim viera que podía ser complaciente de vez en cuando. Según yo, era el tipo de vestido diseñado para hacer que cualquier hombre levantara la vista… y olvidara cómo respirar.

Sobre los hombros me puse un abrigo color camel que contrastaba con el rojo intenso del vestido y hacía que mi piel dorada resaltara todavía más.

Las sandalias de tacón fino, también rojas, dejaban ver mis piernas largas y firmes mientras avanzaba con esa seguridad lenta y devastadora que poseía. Y para concluir un pequeño bolso con estampado de serpiente, porque siempre víbora, nunca invibora.

Bajé las escaleras esperando encontrarme con Maksim en el vestíbulo, pero apenas puse un pie en el último escalón, me detuve.

Él ya estaba allí.

De pie junto a la entrada principal, con una mano metida en el bolsillo del pantalón oscuro y la otra ajustándose el reloj como si intentara aparentar tranquilidad, aunque su postura rígida lo delataba.

Vestía completamente de negro: pantalón de vestir, camisa negra ligeramente ajustada sobre su pecho ancho y tatuado, y encima un abrigo oscuro que le daba esa apariencia peligrosa y elegante que solo él podía tener.

Parecía menos un hombre y más un problema con piernas del cual no se podía escapar.

Cuando escuchó mis pasos, levantó la cabeza y entonces ocurrió. Sus ojos azules, duros como el vidrio, me absorbieron, recorriendo mi cuerpo lentamente.

Demasiado lentamente.

Desde mis tacones hasta mis piernas, la abertura del vestido, mi cintura, mis pechos —donde se quedaron más tiempo del debido— y finalmente mi rostro.

La mandíbula se le tensó tan fuerte que pensé que estaba a punto de romperse algo ahí dentro.

Oh, eso había sido una reacción masculina de las buenas. Y yo la disfruté muchísimo.

Una corriente cálida me recorrió por dentro al notar cómo sus pupilas se oscurecían y cómo su expresión se endurecía apenas, como si estuviera luchando contra algo muy primitivo, muy animal.

—Bueno… —murmuré, acercándome despacio—. Al menos no me estás mirando como si quisieras matarme, así que supongo que me veo aceptable.

Él siguió mirándome un segundo más antes de responder:

—Creí que había sido claro cuando te dije que nada de escotes.

Parpadeé, incrédula.

—¿Esto? —Miré el pequeño escote—. Pero si es bastante recatado.

—No lo es —gruñó—. Y por si fuera poco... ¿no podías enseñar más la pierna?

Ladeé la cabeza.

—De poder, puedo.

La irritación lo cruzó y señaló hacia arriba.

—Mejor ve a cambiarte esa m****a.

Solté una carcajada.

—Dios mío. ¿Otra vez con esto? ¿No se suponía que íbamos a tener una cita romántica y toda esa basura?

—Precisamente por eso —replicó entre dientes—. Porque es nuestra cita y no quiero que ningún hijo de puta te vea así.

La sonrisa que se extendió por mi boca fue imposible de contener.

Ahí estaba otra vez.

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LISTOS PARA LA CITA 2

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