Hacía mucho tiempo que Josefina no veía a Alberto. Al mirar su tierno rostro, notó que sus facciones se parecían muchísimo a las de Benjamín. Sus grandes ojos, increíblemente puros, y su suave súplica hacían imposible rechazarlo.
Josefina sonrió y respondió:
—Por supuesto que sí.
Se cambió los zapatos, caminó hacia Alberto, se inclinó y lo tomó en brazos.
Alberto le rodeó el cuello con sus bracitos, luciendo muy feliz.
—Tía, llevaba muchísimo tiempo sin verte. Te extrañé un montón.
Josefina se acercó, frotó suavemente su mejilla contra la del niño y dijo:
—¿Tanto me extrañaste? Podrías haberme llamado por teléfono. ¿Acaso no tienes mi número de celular?
—¿De verdad? ¿Te puedo llamar? —Los grandes ojos de Alberto parpadearon, y su voz delataba una clara emoción.
—Claro que sí —aceptó Josefina, sin dejar de sonreír—. Siempre que no esté ocupada, hablaré contigo.
Alberto, muy contento, giró la cabeza y le dijo a Benjamín:
—Tío, pídele ya mismo el número a mi tía. Así, cuando la extrañes, también podrás llamarla.
—Pfft...
—Ejem...
—...
Una carcajada contenida y una tos forzada se escucharon al mismo tiempo. Las miradas de todos se clavaron en Benjamín, convirtiéndolo en el centro de atención.
Pero al aludido parecía importarle muy poco. Con su hermoso rostro luciendo una expresión increíblemente tranquila, simplemente asintió y dijo:
—De acuerdo.
Las largas pestañas de Josefina temblaron levemente. ¿No tenía su número?
Imposible.
Si alguien en este mundo no tenía su número, sería cualquier otra persona, menos él.
Josefina llevó a Alberto hacia donde estaba Almudena y preguntó:
—¿A qué están jugando?
—Almudena me está ayudando a armar Legos. Tía, ¿tú sabes armar esto? —explicó el niño.
Josefina echó un vistazo y, con fingida dificultad, respondió:

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