Las miradas de todos se fijaron en el rostro de Lorena.
Cristóbal, con cara de no entender absolutamente nada, preguntó:
—¿Qué quinta persona?
Lorena parpadeó y empezó a contar con los dedos:
—A ver, están Josefina, el director Gutiérrez, el señor Fuentes y Luisa. Ahí van cuatro. Por lo que acaban de decir, suena a que hay alguien más involucrado. ¿No sería esa la quinta persona?
Cristóbal se quedó sin palabras.
Almudena no pudo evitar soltar una sonrisa y comentó:
—Si lo cuentas de esa forma, créeme que son muchos más que cinco.
—¿Ah, sí? —Lorena abrió los ojos de par en par por la sorpresa—. ¡¿O sea que hay hasta un sexto en discordia?! ¿Cuántas cosas han pasado de las que no me he enterado?
Almudena le dedicó una sonrisa misteriosa.
—Muchísimas. Tú quédate por aquí, te vas a enterar de un montón de cosas muy entretenidas.
Lorena se levantó de un salto y se acercó a ella:
—Ay, Almudena, se nota a leguas que eres una persona comprensiva, buena, hermosa y generosa. Ándale, cuéntame. Me muero de curiosidad. ¿Quiénes más están metidos en todo este enredo?
Como Lorena no repetía ni un solo halago, a Almudena le agradó mucho su personalidad genuina y efusiva, así que le respondió:
—Benjamín es uno de los protagonistas de esta historia. Si él no está de acuerdo, yo no me atrevo a andar contando chismes.
Lorena miró a Benjamín y le suplicó:
—Director Gutiérrez, la verdad es que ya sé casi todo sobre su vida, un detalle más no hace diferencia. ¿Deja que Almudena me lo cuente, por favor?
Benjamín soltó una carcajada seca.
—No.
Lorena rodó los ojos.
—Qué amargado. ¿No puedes ser un poco más generoso y compartirlo? Me harías muy feliz.
La expresión de Benjamín se volvió aún más fría, y el ambiente a su alrededor pareció volverse pesado otra vez.
Lorena encogió los hombros, sabiendo que lo había hecho enojar, y decidió quedarse callada.
Benjamín prestó atención, escuchando las voces de Josefina y Alberto de fondo. Mantenía la mirada baja, pero en el fondo de sus oscuros ojos asomó un ligero brillo de burla.
En el pasado, a ella no le agradaba Alberto.
Pero ahora, había ido a la casa única y exclusivamente para verlo a él. Desde que llegó, ni siquiera se había dignado a dirigirle la palabra a Benjamín.
¡Se suponía que él era el protagonista del día!
—Alberto —habló Benjamín de repente, con un tono neutro, rompiendo la cálida atmósfera que se había formado en el otro lado de la sala.
—¿Qué pasa, tío? —preguntó el niño, sonando extrañado.

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