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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 12

—Jefa, ahora entiendo. Todos estos años sin maquillarte y usando solo trajes serios era por nuestro bien. Tenías miedo de que nos distrajéramos mirándote en lugar de trabajar.

—Jefa, creo que tu despido es lo mejor que te pudo pasar. ¡Ahora puedes lanzarte al mundo del espectáculo! Tienes todo mi apoyo.

—Jefa, de verdad, tengo curiosidad por saber quién es tu esposo. ¡Qué afortunado de haberse casado contigo! ¿Seguro que hasta en sueños sonríe?

Aunque eran jefa y subordinados, siempre se habían llevado muy bien, como amigos, así que se permitían bromear con ella.

Isabella se quitó las gafas y le guiñó un ojo a cada uno.

—Lástima que a esta belleza celestial ya no la verán más.

Sus colegas soltaron un quejido al unísono, pidiéndole que se los llevara con ella.

Pero bromas aparte, Isabella les recordó que ya no debían llamarla jefa.

—Esta es su nueva jefa —dijo Isabella, apoyando una mano en el hombro de Otilia y presentándola a todos con generosidad—. Es mi mejor amiga, así que trátenla tan bien como a mí.

Otilia se sentía completamente fuera de lugar; peor aún, como una intrusa.

Aunque todos le sonreían, sentía que esas sonrisas carecían de calidez, e incluso notaba un deje de burla.

Otilia se puso de pie, tratando de parecer lo más natural posible.

—Colegas, estoy muy contenta de unirme al departamento de proyectos. Espero que trabajemos juntos para alcanzar nuevos éxitos —dijo, levantando su copa para brindar.

Todos se levantaron y brindaron con ella.

Solo Sara lo hizo a regañadientes, con una mueca de disgusto en el rostro, apenas probando su bebida.

Después del brindis, Otilia sintió que, como jefa, ya había hecho más que suficiente. Estaba a punto de decir unas palabras cuando Isabella puso una bolsa de tela sobre la mesa.

—Jefa, ¿qué arma secreta traes en esa bolsa? —bromeó un colega, pues la bolsa parecía muy pesada. Isabella la había levantado con esfuerzo y la dejó caer sobre la mesa con un ruido sordo.

Isabella sonrió misteriosamente.

—Adivinen.

El colega de más edad fue el primero en levantarse y tomar su parte.

—Jefa, entre nosotros sobran las palabras.

Isabella asintió con una sonrisa.

—Así es, entre nosotros no hace falta.

Los demás se fueron levantando uno a uno, tomando su fajo de billetes. Cuando todo el dinero estuvo repartido, se pusieron de pie y brindaron por Isabella, deseándole el mayor de los éxitos en su futuro.

Mientras todos levantaban sus copas, la única que no tenía derecho a hacerlo era Otilia, quien había quedado reducida a un simple telón de fondo para el gran acto de Isabella.

Y ese era exactamente el efecto que Isabella buscaba. Con el listón tan alto que ella dejaba, cualquier cosa que Otilia hiciera que no estuviera a su altura, generaría descontento tanto en la empresa como entre sus colegas.

«Ja. Mi puesto no es algo que cualquiera pueda ocupar».

***

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