—¡No me mires! —dijo ella enfadada.
Jairo apretó los dientes.
—¿Lo hiciste a propósito?
—¿A propósito qué?
—Ponerte así de miserable para que yo... ¡me enoje mucho!
—Si estoy tan miserable, ¿por qué te enojas? ¿No deberías alegrarte?
Jairo no respondió. La arrastró unos pasos hacia atrás, lejos del agua. Luego la soltó, se alejó unos pasos y encendió otro cigarro.
Isabella estaba aún más mareada; esta vez, aunque quisiera, no podía levantarse.
Se encogió, pensando confusamente que Jairo no la dejaría ahí tirada, que seguro la llevaría de regreso. Con ese pensamiento, se sintió tranquila.
Jairo se terminó el cigarro y volvió a mirar a Isabella. La que decía que se iba a ir ahora estaba ahí hecha bolita, sin moverse.
Suspiró pesadamente, se acercó y la movió un poco. Ella se dejó caer en sus brazos.
—Qué calientito... —murmuró, acurrucándose contra él.
Jairo guardó silencio un momento, pero finalmente la cargó y la llevó de vuelta a la villa.
La dejó en la cama y pensó en llamar a Daniela para que la ayudara a limpiarse.
Pero justo cuando se iba a levantar, escuchó a Isabella balbucear:
—No me equivoqué, no me arrepiento...
Jairo frunció el ceño y no pudo evitar preguntar:
—¿De qué no te arrepientes?
¿De haberlo dejado?
—No me arrepiento...
Jairo bufó. Así que no se arrepentía. Pero después de seis años, todavía quería saber una cosa.
—Isabella, ¿todavía me amas?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...