La situación de Rafael seguía siendo crítica; en cualquier momento podría necesitar reanimación. En ese punto, la familia debía llegar a un acuerdo: salvarlo o no.
Los Méndez insistían en no salvarlo, Isabella insistía en que sí.
Mientras ambas partes estaban en un punto muerto, Rafael de repente hizo una arcada y luego vomitó, salpicando toda la mascarilla de oxígeno. El respirador comenzó a emitir un sonido agudo de alarma.
Isabella se abalanzó de inmediato. Mientras presionaba el botón para llamar al médico, le quitó la mascarilla a Rafael y limpió frenéticamente el vómito alrededor de su boca y nariz para minimizar la aspiración.
Al no encontrar nada con qué limpiar, usó sus propias manos. Era sucio y olía mal, pero era su padre y su único miedo era no poder salvarlo.
El médico y las enfermeras llegaron rápido y, al ver la situación, iniciaron las maniobras de emergencia.
Empujada hacia atrás, Isabella miraba atónita a Rafael, completamente inconsciente, mientras los médicos usaban todo tipo de métodos para reanimarlo. De repente pensó que nunca lo había llamado «papá».
—¡Guácala, qué asco! —exclamó Marina Méndez, la única hija de Camilo, tapándose la nariz con gesto de repulsión.
Camilo fulminó a su hija con la mirada.
—¡Si te da asco, lárgate!
—¡Papá!
Marina pataleó del coraje, pero Valentina Méndez la empujó hacia afuera.
—Tu tío está en reanimación, ¡ten un poco de sensibilidad!
Marina hizo un puchero.
—Es que no soporto a esa Isabella. Ni siquiera es una Méndez, ¿con qué derecho viene aquí a dárselas de jefa?
Valentina alejó un poco más a su hija y luego le dio un golpecito en la frente.
—Ay, tú, ¿cómo puedes ser tan lenta como tu padre? Te pasas el día detrás de la familia de tu tío mayor, ¿y qué has conseguido?
—¡Mi prima Adriana me trata muy bien!


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...