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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 615

Isabella, furiosa, se dio la vuelta para irse, pero la imagen que acababa de presenciar seguía repitiéndose en su mente, haciéndola enfurecer cada vez más. Tenía ganas de ir y partirle la cara a Jairo.

«¿Cómo pudo dejar a los dos niños en casa y salir a andar de pirujo?», pensó. «¡Es imperdonable!».

Con ese pensamiento, Isabella volvió a entrar. Tenía que hacerle saber lo irresponsable que era su conducta, sacarlo de ese antro y luego…

Luego ya vería, ¡pero no podía tolerar que él y esa mujer estuvieran haciendo de las suyas!

Al regresar al club nocturno, Jairo ya no estaba en la barra. Ella se apresuró a buscarlo y vio que salía por la puerta trasera con la mujer. Corrió tras ellos y observó cómo entraban al hotel de enfrente.

Era obvio lo que dos personas borrachas iban a hacer en un hotel. Isabella sentía algo más que enojo en ese momento; era ira pura, aunque sabía que esa ira no tenía mucho fundamento.

Ya estaban divorciados; ella no tenía derecho a controlar su vida privada. Pero… pero ella era la madre de sus hijos, y claro que tenía la responsabilidad de vigilar el comportamiento del padre para evitar que se descarriara y diera un mal ejemplo a los niños.

Esa excusa era perfecta.

Isabella se autoafirmó con ese razonamiento y corrió hacia el hotel. La pareja ya había subido. Isabella estaba a punto de preguntar en recepción cuando un hombre de traje blanco entró con un grupo de guaruras.

La recepcionista, al verlos, se adelantó nerviosa a preguntar qué pasaba.

El hombre del traje blanco vociferó que venía a atrapar a unos infieles, afirmando que acababa de ver con sus propios ojos a su esposa entrar al hotel abrazada de un hombre.

—Señor, tal vez se equivocó…

—No estoy ciego, chingada madre, ¿cómo me voy a equivocar? Ese tipo parecía un niño bonito, ¡seguro que tú te acuerdas de él!

—Este…

La recepcionista claramente lo recordaba, pero no podía decirlo.

El hombre le gritó que se quitara y subió con su gente. Unos guardias de seguridad intentaron detenerlos, pero la pandilla les dio una paliza.

—¡Imbécil! ¡¿Me quieres venir a extorsionar a mí, a tu propio padre?!

Isabella se asomó más. Quien golpeaba no era Jairo, sino un hombre mayor de cabello canoso.

Comparado con ella, el del traje blanco estaba aún más atónito.

—Papá, ¿qué haces tú aquí? ¿Dónde está Jairo?

—¿Qué Jairo ni qué la chingada? ¿Por qué iba a estar él aquí?

—No puede ser… Yo… yo le dije a Abril que lo sedujera y lo trajera a este hotel para yo caerles y armar el escándalo. Así, para que no hiciera pública la vergüenza, Jairo tendría que ceder en el contrato y ganaríamos una millonada. Mi plan era perfecto, pero… ¿dónde está?

El viejo, al escuchar esto, parecía a punto de que le diera un infarto.

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