En ese momento, ella todavía llevaba el vestido de noche y Jairo su traje, sentados en un puesto callejero, viéndose totalmente fuera de lugar.
Estaban en las afueras de la ciudad, rodeados de obras en construcción, así que la mayoría de los que comían ahí eran albañiles. Fumaban, bebían y hablaban a gritos, lo cual no era problema, pero había quienes se le quedaban viendo a ella, lo que hacía que Isabella se sintiera muy incómoda.
Por suerte, la comida llegó rápido. Isabella apuró a Jairo para que comieran y se largaran de ese lugar.
Jairo también notó las miradas. Les lanzó una mirada fría, pero esos tipos no solo no se calmaron, sino que alguien le chifló y los demás se rieron a carcajadas.
—Rodrigo, ¿hace cuánto que no volvemos al pueblo? —le preguntó un hombre con una chamarra de piel negra, toda despellejada, a su compañero de enfrente.
El compañero era más robusto que el de la chamarra. Contó con los dedos.
—Ocho meses.
—Ocho meses, ¿eh? ¿Extrañas a tu vieja?
—Pues claro que la extraño.
—¡Ni madres, tú lo que extrañas es tu cama!
—¡En la cama no hay mujer, pa' qué la quiero!
Al oír eso, toda la mesa soltó la carcajada.
—Conque andas ganoso, con razón se te cae la baba viendo a la mujer ajena.
—¿A poco tú no?
—Puta madre, me estoy muriendo de ganas.
Apenas terminó la frase, una botella de cerveza se estrelló en su mesa. ¡Paz! Los vidrios rotos y la cerveza salpicaron por todos lados. El grupo se apartó asustado, pero a algunos los alcanzaron a cortar los cristales en la cara.
Cuando reaccionaron, todos voltearon a ver a Jairo, quien los miraba con los ojos llenos de furia asesina.
Su actitud no parecía de querer pelear, sino de querer propasarse.
Isabella soltó una risa fría, giró el cuerpo y de una patada voladora lo mandó al suelo. El tipo se quedó aturdido un segundo, se levantó rápido y lanzó un puñetazo hacia Isabella. Ella lo esquivó con agilidad y le soltó otra patada directo a la cintura.
Traía tacones, así que esa patada hizo que el de la chamarra soltara un aullido de dolor.
Si se trataba de pelear, Isabella nunca se dejaba, y Jairo tampoco. Aunque solo eran dos, dejaron a la pandilla tirada por todos lados, pidiendo clemencia.
Justo cuando los dos disfrutaban su victoria, llegaron dos patrullas.
Media hora después, estaban en la delegación.
Isabella miró la hora al entrar; ya pasaba de la medianoche.
—¿Ya ves? Las consecuencias de no ir a casa es acabar en el bote —le dijo a Jairo con resignación.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...