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La Traición en Vísperas de la Boda romance Capítulo 1297

Le había tomado bastante valor atreverse a darle aquel consejo. Sin más preámbulos, Delfina dio media vuelta y bajó las escaleras.

Federico se quedó parado frente a la puerta de Jimena durante mucho tiempo antes de resignarse y regresar a su propia habitación.

A la mañana siguiente, cuando Jimena bajó arreglada, él ya estaba esperándola en el sillón de la sala, como de costumbre.

Al verla, se levantó de inmediato y clavó sus ojos en ella.

—¿Ya despertaste?

Ella asintió y respondió con voz neutra:

—Buenos días.

—Buenos días —replicó él.

Jimena se dirigió al comedor, apartó una silla y tomó asiento. De inmediato, Delfina apareció para servirles el desayuno.

Federico la siguió y se sentó justo frente a ella.

Mientras esperaba la comida, Jimena revisaba los mensajes en su celular.

En cuanto él se acomodó, empezó a explicar:

—El informe que llegó ayer del hospital internacional... fui yo quien la llevó cuando le diagnosticaron leucemia aguda.

Jimena ni siquiera apartó la mirada de la pantalla. Al escucharlo, se limitó a asentir con la cabeza, indicando que había captado la información.

Al ver su falta de reacción, Federico continuó:

—No tengo ningún enredo con ella. Ya me enteré de lo que pasó ayer. Voy a mandar a alguien a supervisar el asunto para asegurarme de que Estela reciba el castigo que se merece.

—No hace falta que te molestes —le contestó con apatía—. Ya le delegué todo el asunto a mis abogados; ellos se encargarán del proceso.

Federico se quedó sin palabras.

Él se quedó contemplando su expresión imperturbable. Había pasado toda la noche ensayando qué decirle, y ahora que estaba frente a ella, todas esas excusas se sentían inútiles.

Cada vez que él tocaba el tema, ella simplemente le cortaba el paso. Ese no era el desenlace que buscaba. Por eso, aun a sabiendas de que a su esposa no le interesaba, reafirmó su postura:

—No soy el tipo de persona que dejaría morir a alguien. Si me hacía de la vista gorda en su momento, la culpa me iba a carcomer después. Pero no siento absolutamente nada por ella. Sé que quizá no me creas, pero igual necesitaba dejártelo en claro.

Jimena alzó la vista y le dirigió una mirada desprovista de emoción.

—De acuerdo, ya me quedó claro.

Esa corta respuesta lo desarmó por completo. Con el ceño muy fruncido, fijó sus ojos en ella y le reprochó con voz grave:

—Jimena... ¿no crees que estás siendo demasiado distante? ¿Cómo puedes tratar los problemas entre nosotros con tanta frialdad?

Su actitud era excesivamente calmada. No desprendía ni una gota de celos o enojo. Su pasividad le hacía sentir a él que, en el fondo, no le importaba en lo más mínimo.

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