Federico recorrió con indiferencia a la señora Serrano y a Liliana, luego se giró y le murmuró al anciano:
—Profesor, vámonos. Tienen razón, esto es algo de su familia; no tenemos por qué meternos.
El profesor respiró hondo, incapaz de creer sus palabras, y se rehusó por completo.
—¡Por supuesto que no, Federico!
—¡Regina es mi alumna! ¡No me voy a quedar con los brazos cruzados viendo cómo se la llevan esos monstruos! ¡Tienes que ayudarla!
Sus ojos reflejaban una profunda súplica.
Federico frunció el ceño y le contestó con suma tranquilidad:
—Profesor, hay que aprender a respetar las decisiones de los demás.
A lo largo de los años, él ya había hecho bastante por Regina.
Pero ella jamás había tenido el valor para cortar lazos con su familia.
Lo que estaba viviendo ahora era únicamente consecuencia de sus propias acciones.
El profesor Vicuña meneó la cabeza, agobiado.
Regina estaba en shock; no esperaba que él ni siquiera se dignara a dirigirle la mirada.
Se mordió el labio con tanta fuerza que se hizo daño mientras las lágrimas brotaban a cántaros.
En el fondo, presentía que si cedía y se iba con los Serrano, ya no habría vuelta atrás para ella.
Tomó aire de golpe y decidió no dejarse pisotear más.
Estaba segura de que Federico detestaba verla en esa faceta tan cobarde y patética.
Con un movimiento brusco, Regina se zafó del agarre de Liliana y gritó:
—¡No! ¡Me voy a tratar!
—¡Ustedes no están pagando los gastos del hospital, así que no tienen ningún derecho sobre mí!
Liliana cambió de semblante. Estaba a punto de jalarla nuevamente, pero Regina echó a correr, se escondió detrás de Federico y se aferró al brazo de él.
—¡Federico, ayúdame! —suplicó.
El señor Serrano salió del auto, recorrió con la mirada pesada a su esposa y a su hija, y luego se dirigió directamente al empresario:
—Federico. Regina es mi hija. Y como padre, claro que me mortifica su estado de salud, por eso quiero llevarla a la casa para que reciba el tratamiento que merece. Y tú de pronto estás aquí armando panchos, ¿qué demonios intentas hacer?
Al escucharlo, Federico se soltó de las garras de Regina con fuerza.
A ella se le bajó la sangre a los pies y apretó con desesperación el borde del saco de él.
—Federico...
—¡No quiero ir con él!
El señor Serrano dejó escapar un gruñido lleno de rabia, fulminó a Regina con los ojos y después miró a Federico, echando chispas.
—Tú ya eres un hombre casado, Federico. Eso de andar buscando a mi hija a escondidas para tenerla como plato de segunda mesa, sin darle su lugar... La verdad es que ya es un abuso, ¿no crees?
—Y solo para salvar lo poquito que nos queda de orgullo a los Serrano, el día de hoy me la llevo.
Regina no dejaba de negar con la cabeza, lanzándole a Federico la mirada más suplicante y patética del mundo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Traición en Vísperas de la Boda
No es gratis!!!...
Frederico junto com Regina no leilão novamente? Eu realmente não quero que a Jimena fique com o Frederico. Que homem mais ou menos!...
Esse professor Vicuña, é um velho sem nenhuma decência; por mais que o casamento fosse um contrato existia uma esposa! Irritada com esse velho nojento....
Nossa! Estou lendo com um nó na garganta. Quanta coisa Jimena está aguentando, e que homem horrível é esse Frederico… peguei ranço dele!...
Não entendo porque Jimena está tão benevolente com Regina. Espero sinceramente que essa Regina tenha um fim ruim…...
Garrada num ódio dessa Regina… quero que Jimena esmague ela com a ponta do sapato....
Me gustaría saber cuántos capítulos faltan y cuando los publicará...