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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1730

Durante los días siguientes.

Héctor prácticamente se movía en cuatro puntos fijos: el estudio de combate, la asociación de automovilismo, su empresa y la casa de Gilda.

Cumplía con varios roles a la vez.

Y todos los días, cuando no estaba trabajando, estudiaba recetas de cocina.

En solo dos semanas, Gilda había ganado una figura aún más envidiable.

***

Esa noche.

Después de cenar, Héctor se puso el delantal y comenzó a limpiar la cocina.

Gilda, con un vaso de limonada en la mano, se quedó a su lado observándolo hacer los quehaceres.

Cada vez era más hábil en las tareas del hogar.

—¿Piña de postre? —preguntó Héctor, sosteniendo la puerta del refrigerador y alzando una ceja—. Ya la probé, no está demasiado dulce.

—Está bien.

Gilda asintió, dejó su vaso, se acercó al lavadero y se quedó mirando cómo Héctor cortaba la piña. Mientras tanto, le contaba lo que había pasado ese día en el estudio.

Sin importar lo que ella dijera, él siempre le respondía a todo.

—Prueba.

Héctor cortó un trozo, se lo acercó a la boca y la miró con los ojos llenos de expectación.

—Si te gusta, la próxima vez compro más.

Gilda abrió la boca y el intenso sabor de la piña inundó su paladar.

El equilibrio perfecto entre lo ácido y lo dulce; justo como a ella le gustaba.

En realidad, le encantaba la piña, pero rara vez encontraba una que supiera bien.

Por eso, con el tiempo había dejado de comprarla.

No se imaginaba que Héctor fuera tan bueno para escoger fruta.

Lo que Gilda no sabía era que, para encontrar ese sabor que a ella le gustaba, él había probado docenas de piñas antes de elegir la correcta.

—¿Te gusta? —Héctor tomó una servilleta y le limpió los labios.

—Está deliciosa.

Gilda asintió, tomó la servilleta para limpiarse sola y preguntó:

—¿Cuándo te vas de viaje para lo del vuelo de prueba?

—El próximo lunes —respondió Héctor. Se lavó y secó las manos, luego se acercó a Gilda y le tomó ambas manos entre las suyas—. Es probable que esté fuera unos diez días.

Según las críticas, era de esas que te hacían temblar del miedo.

Él había leído en internet que a las chicas les aterraban esas cosas.

Y, cuando se asustaban, lo primero que hacían era esconderse en los brazos de su novio.

Acostumbrado a ver a Gilda siempre tan ruda, valiente y dueña de sí misma...

Héctor también quería conocer su lado más vulnerable.

***

Al día siguiente.

Gilda durmió hasta el mediodía. Cuando se levantó, Héctor ya tenía lista la comida.

Después del almuerzo, ambos fueron a dar una vuelta por un centro comercial cercano.

—Toma mi mano —Héctor le extendió la mano con una expresión de cachorro regañado—. Mira a todas las demás parejas agarradas de la mano... somos los únicos que no lo hacemos.

—No te dejes llevar por la presión social —respondió Gilda, frunciendo los labios y hablando en un tono sumamente práctico—. El centro comercial está llenísimo de gente; si caminamos de la mano, alguien se podría tropezar.

A Héctor le tembló una de las comisuras de los labios. Parecía que su novia no tenía ni una sola gota de romanticismo en el cuerpo.

—Está bien... —murmuró, un poco desilusionado, mientras caminaba detrás de ella con cara de pocos amigos.

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