Desde que era niña, Gilda siempre había tenido la costumbre de caminar a paso rápido.
Unos minutos después, miró por encima del hombro y se dio cuenta de que había dejado a Héctor Lucero bastante atrás.
El hombre caminaba con la mirada gacha y los labios apretados, con una evidente expresión de mal humor.
Gilda frunció el ceño, dio media vuelta y caminó hacia él.
—¿Qué te pasa? —Héctor levantó la vista, mirándola con confusión.
Gilda no dijo una palabra, simplemente le tendió la mano.
Héctor se quedó parpadeando, sin procesar el gesto.
—¿No querías que te tomara de la mano? —murmuró Gilda, moviendo apenas los labios pintados de rojo.
Se enojaba si no le daba la mano. Qué niñería.
—¿Ah?
Héctor reaccionó en un milisegundo y una sonrisa radiante iluminó su rostro.
Gilda lo miró como si estuviera loco y amagó con retirar la mano.
—Si no quieres, olvídalo.
—¡Sí, sí, sí quiero! —Héctor se abalanzó de inmediato, agarrándole la mano izquierda con ambas manos y sonriendo como un idiota—. Tómame fuerte, hay mucha gente y me puedo perder.
Gilda estaba muda.
¿Acaso no podía comportarse como alguien normal por cinco minutos?
Ambos tenían una figura imponente y un atractivo que robaba miradas por donde pasaban.
—Oye, ¿esa chica no se te hace conocida?
Una de las jóvenes que pasaba sacó su teléfono a toda prisa, buscó algo y soltó un gritito emocionado:
—¡Ahhhh! Es la entrenadora Gilda. ¡La hermana de mi ídola!
—¿Tu ídola? ¿De quién hablas? —preguntó su amiga.
—¡De Aldana Carrillo! Ella es mi máxima inspiración, mi ídola.
Otra chica del grupo intervino de repente:
—Ahora que lo dices, el chico también se me hace conocido. Creo que es el señorito Héctor, de la familia Lucero.

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