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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 116

Debí preguntar qué hacía ese hombre ahí, como llegó a este lugar, que le estaban haciendo, pero las palabras se me quedaron atoradas en la garganta, como si un candado se hubiera cerrado sobre mis cuerdas vocales.

Mi mente no creía lo que veía. Tardé en procesarlo a pesar de la escena tan obvia que tenía en frente, pero al final me di cuenta:

“Derek estaba torturando al señor Martín”.

―¿Qué haces acá? ―dijo Derek con brusquedad.

Vino en mi dirección. Era el vino reflejo de la violencia y la sed de venganza.

Lo primero que pensé es que debí huir, pero estaba congelada. Mis piernas no me respondían.

Quedó a mi altura, viéndome de pies a cabeza. Se detuvo al mirar mi rostro. Sus ojos fríos me miraban fijamente, me estaba examinando.

Extendió su mano en mi dirección. Tenía la intención de acariciar mi mejilla, pero no lo dejé. Giré el rostro al darme cuenta que la mano con la que me quería tocar, estaba cubierta de sangre. Y a pesar de no poder ponerme un dedo encima, el olor del hierro golpeó con fuerza mis fosas nasales.

Se apartó, respirando profundo.

―No tenías que ver esto ―dijo, apretándose el puente de la nariz.

Fue hacía un lavamanos poco agraciado en una esquina y se lavó las manos con calma. Me mantuve en la escalera, observándolo con la mente en blanco.

Parpadeé al percatarme que me había quedado en un estado de estupefacción signo de un drama indio.

Giré la cabeza en todas direcciones, analizando el lugar. Era una rara habitación hecha principalmente de madera. Tenía mesa, sillas, unos estantes, un lavamanos. El lugar parecía viejo, húmedo y desgastado. Era muy raro que Derek tuviera en tan mal estado una de sus habitaciones.

Miré con atención la mesa que estaba junto al hombre y la mujer uniformados. Había herramientas en ella, que parecían estar cubiertas por manchas rojizas.

Sangre.

¿Qué tanto le habían hecho al señor Martín? ¿Hace cuánto tiempo estaría aquí encerrado?

Grité al sentir unas manos en las costillas, que me alzaban.

―¿Lo va a matar? ―pregunté en un hilo de voz, alejando mi vista de la mujer que creí hace unos segundos que era una zorra rompe hogares.

No soy ciega para no notar los defectos de Derek por más enamorada que esté. No estamos hablando sobre revisar el celular de tu pareja o ser tacaño. Estamos hablando de verdaderas banderas rojas que sobrepasan esos parámetros y que he aceptado como parte de él. Humilla, se obsesiona y maltrata personas. Golpea gente y se cree mejor que cualquiera. Okey, puedo aceptar todo eso, puedo vivir con ello y quién sabe, tal vez, en un futuro, cambie por su cuenta o con mi ayuda. Pero no puedo permitirme estar con un asesino.

―¡Derek! ―grité al no obtener respuesta.

―¡No, Erika! No lo va a matar.

Solté su cuello y en su lugar, tomé su rostro con mis manos, obligándolo a mirarme.

―¿Lo vas a matar? ―Volví a preguntar.

Necesitaba que me respondiera mirándome a los ojos.

―No, hoy no.

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