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Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa romance Capítulo 115

Cargué el balde con mi brazo bueno. Subí a las habitaciones de invitados, porque ahí debía tener a su amante, en una hermosa habitación como una reina. Pero no era eso, porque si fuera así, no la tendría oculta como una fugitiva.

Abrí puerta tras puerta, pero no se encontraba en ninguna de las habitaciones de invitados. Seguí explorando las distintas áreas. Ni en el gimnasio, la sala de juegos, el cine en casa, la biblioteca, nada.

¿Será que se la llevó a otra parte? O... ¿En las habitaciones de servicio? ¿Sería capaz un hombre multimillonario cómo él meter a una amante en una habitación de servicio solo para que no lo descubra la esposa? ¿Ni siquiera se le ocurrió ir a un hotel?

Bajé las escaleras con paso decidido. Ya me pesaba el balde y tuve que cargarlo con las dos manos. Sentí el golpe en el antebrazo de inmediato y tuve el impulso de soltar el balde y ponerme en posición fetal hasta que se pasará el malestar. Pero no lo hice, seguí adelante.

De camino al área de servicio, me topé con una ventana que mostraba el exterior. Allá afuera, en el jardín, estaba el sótano, abierto de par en par. No me hubiese dado cuenta si no fuera de noche y lo único que brillaba en el exterior era la luz proveniente de ese lugar.

―¿En el sótano? ¿En serio, Derek?

Escoger la llave fue difícil. En la pared había una colección de llaves, todas distintas, en colores, formas y llaveros. Tuve que usar una por una para dar con la indicada. Al décimo intento logré acertar.

Salí, recibiendo el aire frío en toda la cara. Al llegar a la entrada del sótano, escuché unas voces. La voz de Derek fue la primera que diferencié. Pero había otra voz, una masculina y que me erizaba el vello del cuerpo.

Esa voz en definitiva no era la voz de la tal Sophia.

Yo conocía esa voz. La conocía muy bien, lastimosamente. El balde me temblaba en las manos y no era por el peso, ya eso ni me importaba. Era un líquido frío bañando mi cuerpo, inyectándose en lo profundo de mi espina y que provocaba que mis rodillas se doblaran por si solas, y que mi corazón bombeara a un ritmo descontrolado. Y enseguida supe que así se sentía el miedo.

Debía estar equivocada, tal vez, simplemente, era otra persona que tenía una voz parecida.

Dudé en bajar las escaleras, pero esa voz me estaba llamando.

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