El vestido que me estaba colocando a toda velocidad era demasiado ostentoso y elegante para una simple comida en nuestra mansión, pero era la mejor opción al solo poder usar una mano. Era hermoso, sin mangas y ajustado. Me quedaba como una segunda piel. No necesitaba cierre, botones, ni ningún broche. Lo sostenía mi cuerpo, sencillamente. El único problema es que era demasiado largo y tenía que luchar por subirlo completo.
No sé como pasamos de estar apapachados en la cama a competir por vestirnos con nuestras manos unidas.
―Listo ―expresó con orgullo.
Volteé a verlo.
Solo traía un pantalón de pijama puesto.
―¿Y la camisa? ―señalé.
―No necesito camisa. Ya cubrí lo importante ―Su mano disponible señaló sus partes privadas.
―Entonces, yo también iré con el torso al descubierto ―Traté de jalar el escote del vestido hacia abajo, pero mi esposo detuvo mi mano.
―¡Ni se te ocurra, Erika!
Me miró con una intensidad demasiado fuerte, que me vi obligada a obedecerlo.
―Eso es trampa. Tú solo necesitas cubrir la parte inferior. Yo necesito tapar las dos partes ―Recorrí mi cuerpo―. Estoy en desventaja por ser mujer.
―No es mi culpa que hayas nacido como la creación perfecta de Dios ―Me besó la mejilla.
No puedo creer que alague mi género para evitar mi molestia. Y lo peor del caso, es que en realidad, funcionó.
Terminé de arreglar el ruedo y salimos refunfuñando de la habitación. Y me refiero a “mí”.
―No puedo creer que con tantos diseños de ropa femenina no hayan creado uno que sea fácil de poner cuando estás unida a otro cuerpo. Sí tan solo mis camisones de dormir fueran de un solo tiro, esta sería una historia diferente ―No detuve mis quejas hasta que estuvimos frente a la mesa.
Quisimos seguir con las manos sujetadas, pero era imposible comer de esa forma si estábamos sentados uno encima del otro. Así que como dice el dicho: “cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana”.
Ambos pellizcábamos la comida con un tenedor. Él comía de su lado y yo del mío, a veces le roba un bocado que iba directo a su boca y él hacía lo mismo. Y cuando se acababa, volvíamos a llenarlo de comida. Estábamos haciendo un desastre, pero el hambre era más fuerte.
―Pequeño D ―Carla apareció a nuestro lado con una carta en las manos―. Le ha llegado una carta, de parte de su abuelo. Dice que ya está cansado de esperar y quiere conocer a su esposa.
Dejé el tenedor sobre el plato y casi me atoré con el pedazo de carne que tenía en la garganta. Y con "casi” me refiero a que necesité tomar mucha agua y que Derek golpeara mi espalda.
―Joder, Erika. ¿También tengo que cuidarte mientras que comes?
No pude refutar a su pregunta porque mi mente estaba en otro lado y no era en el hecho que casi muero atragantaba. El causante era la persona que había enviado la carta.
El patriarca de la familia Fisher. El fundador del imperio Fisher. El encargado de crear al monstruo bancario. ¿Quiere conocerme a mí?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...