Montar es más difícil de lo que pensaba. Lo sentía más profundo que cualquier posición que hayamos intentado antes. No estaba acostumbrada a dirigir la orquesta. Era excitante, pero llevaba mucho esfuerzo.
Subía y bajaba con dificultad. No llevaba un ritmo limpio. Algunas veces, perdida por la lujuria, dejaba de moverme y me dejaba guiar por el placer. Derek tenía que tomar mis caderas y obligarme a continuar, de lo contrario, me quedaba sumida en el deseo.
No podía concentrarme, no podía moverme y resistir el placer de retorcerme por lo que estaba sintiendo en mi interior.
Me estaba cansando y él tomó las riendas, levantando sus caderas, clavándose en mí.
No entendía a los hombres, como tenían esa fuerza para embestir una y otra vez sin cansarse, sin distraerse con el placer.
Una corriente recorrió mi cuerpo, desde mi espina hasta mi vientre. Sentí el orgasmo abriéndose paso por mi cuerpo. Caí sobre el pecho de Derek, mi cabeza descansaba en el hueco que unía su hombro con el cuello.
Él seguía en mi interior, embistiendo, mientras yo continuaba sintiendo los estragos del orgasmo.
El sudor bañaba nuestros cuerpos. Podía sentir su calor, su olor. Aún olía a champú y jabón.
Gemí al sentir como llenaba mi interior. El líquido era caliente y espeso.
Jadee cuando salió de mi interior, sintiendo calambres ante el vacío. Su mano subía y bajaba por mi espalda, reconfortándome.
―Estoy en muy mala forma ―exhalé.
―Concuerdo. Necesitas hacer cardio, querida ―Sentí su pecho moverse al reírse.
―Cállate. Deberías negarlo y hablar de mis asombrosas cualidades en la cama ―dije con humor.
―¿Cuales? ―respondió con burla.
Le propiné un manotazo en el pecho, sacándole una carcajada.
―No tienes que sentirte insegura, mi amor. Con el simple hecho de tenerte entre mis brazos, me excita plenamente.
―¡Que romántico! ―exclamé exageradamente.
―Y hablando de excitarme con tenerte entre mis brazos... ―dijo con complicidad, sin terminar la oración.
Eso solo significaba una cosa. Estaba preparado para un segundo round.
Me dio vueltas sobre la cama, arrancándome una carcajada.
―¿Qué somos? ¿Noviecitos de manitas sudadas, un cliché de película? Esta conversación es surrealista ―Se quejó como todo un macho con pelo en pecho, pero aún así, no soltó mi mano.
Lo miré directo a la cara.
―Entonces, suéltame.
Me mantuvo la mirada durante unos segundos y negó con la cabeza.
―Rayos ―suspiró.
Y así nos quedamos durante un rato.
…
―Vas a tener que soltarme para poder ponerme la camisa ―dijo, luchando para meterse el pantalón usando una sola mano.
―Si no puedes vestirte, siempre puedes soltar mi mano ―Lo provoqué, subiendo con torpeza el vestido ajustado.
Competir para ver quién se viste primero mientras nos sujetamos de las manos, a sido sin duda la peor idea que he tenido en la vida. Claro, después del préstamo a Martín.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...