Es verdad. No tuvimos una boda. A mí me hubiese gustado verla con un vestido de novia. Y por la mención, me parece que a ella también. Cuando lleguemos a tener hijos, ¿cómo le contaremos de nuestro matrimonio? ¿Qué le diremos respecto a la pedida de mano? ¿Qué inventaremos sobre nuestro noviazgo? No tuvimos una historia de cuento de hada. Yo la forcé a estar en esta situación, por más que me cueste admitir que esta relación no nació del fruto de nuestro amor.
Hasta en esta etapa del matrimonio, seguimos conociéndonos el uno al otro. Jamás tuvimos nuestra fase de citas, romance ni la oportunidad de pensar en los planes que queríamos en el futuro a ver si congeniábamos.
En fin, no tuvimos oportunidad de ser una pareja normal, novios.
Y obviamente, lo que pasamos en la universidad no se puede considerar noviazgo, a pesar que dejé en claro mi interés y experimenté varios momentos con ella que al día de hoy aún recuerdo. Tal vez para ella no significó nada nuestros encuentros y conversaciones de la juventud, pero ahí nació nuestra obsesión.
Y es algo de lo que me arrepiento.
Aunque en su momento, yo la obligué a casarse conmigo porque aproveché las cartas que tenía en mi poder para atar a mí lado a la mujer que jamás abandonó mi mente. Pensé que simplemente reteniéndola, estaría satisfecho. Pero me di cuenta rápidamente que me faltaba algo. Necesitaba tener cada vez más de ella. Pensé que quería odiarla, hacerla sufrir como ella me hizo sufrir a mí. Pero no podía, no saciaba mi sed, al contrario, me deshidrataba. Lo que en realidad necesitaba era cuidarla, protegerla, sentir su calor, buscar su afecto, tener tanto su cuerpo como su corazón. Y ahora que lo tengo, me doy cuenta que es justo lo que siempre quise, por más que me engañé a mí mismo durante tanto tiempo respecto a odiaba.
―Visitaremos a mi abuelo ―declaré.
Me miró con súplica en los ojos que no se atrevió a decir con palabras. Quería que la sacará de esta situación, pero hasta ella sabía que no podíamos escondernos para siempre. Y por más cruel que pareciera, yo quiero que ellos se conozcan.
―Pero primero tenemos que ocuparnos de otros asuntos ―añadí.
―¿Cómo qué?
―Traté de evitar que me lo quitarán. Debió costar mucho ―dijo con pesar. Su boca se abrió y volvió a cerrarla. Se arrepintió de lo que iba a decir y me preguntaba que sería
―Erika, sabes que no me refiero al costo del anillo. Y mucho menos te culpo por lo que te hicieron esos malditos. Lo que intentaba decirte, es que quiero que escojas un anillo. Aunque no te lo hubieran robado, hoy te estaría pidiendo lo mismo. Aquel anillo fue más una condena que cualquier otra cosa, era una prisión para ti. Ahora, quiero que elijas el anillo que te gustaría usar por el resto de tu vida.
―Pero lo bueno es que recuperaste el anillo ―dijo con una sonrisa―. Puedes pedir una devolución.
Me reí no solo por el hecho que pensara que necesitaba una devolución por el valor del anillo, sino también, porque ese anillo ya no estaba en mi poder, se lo había dado a tragar a Martín.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...