Tenía un tic nervioso en la pierna derecha. Estaba con los codos sobre la mesa, viendo disimuladamente a mi alrededor, pero debajo del mantel, era un manojo de nervios. O sabía que se movía más rápido, ¿una locomotora o la parte inferior de mi cuerpo?
Había logrado superar la fase de ordenar. Era lo más fácil, porque pude usar el menú para cubrirme la cara. Y una vez que lo hice, el mesero tuvo que luchar conmigo para quitarte la carta de las manos.
En estos momentos, me habría sido de ayuda un sombrero, unos lentes o hasta una mascarilla. ¿Y si pedíamos la comida para llevar?
―¿Por qué estás tan nerviosa? ―preguntó mi cita, al otro lado de la mesa.
―¿Yo, nerviosa? Para nada.
―Entonces, ¿por qué la mesa está temblando como un terremoto? ―Sus zapatos tocaron mis pantorrillas. Me vi en la obligación de recoger los pies y mantenerme quieta. O algo parecido, porque lo máximo que pude hacer fue disminuir el tic nervioso.
Estaba mirando a la nada, pero su reciente sonrisa no pasó desapercibida.
―¿A quién tienes miedo de encontrarte aquí? ¿Cuales son las posibilidades de que eso ocurra? ―añadió. Y me fijé en sus ojos, evaluando a todos los presentes.
Y fue cuando caí en cuenta. ¡Insistió en entrar para descubrir la razón por la que estaba evitando el restaurante!
«Hombre calculador»
El mesero que antes estaba con una expresión neutral, me miró con los ojos entrecerrados e inclinó la cabeza. Dejó los aperitivos sobre la mesa, pero su mirada persistió mientras se iba.
¿Me lo estaré imaginando? Tal vez me estoy volviendo paranoica. ¿Cuáles son las probabilidades de que se acuerde de mí? Debe ver cientos de caras al día.
Mi confianza se fue derribando mientras veía al mesero atender otras mesas y lanzarme de vez en cuando un gesto interrogativo.
Yo no lo recordaba a él, pero parece que él a mí si. Casi se me olvida que monté un espectáculo desastroso en medio del local y me terminaron llevando a la oficina del gerente, y ahí fue donde hizo su asqueroso ofrecimiento.
Comimos en silencio. No había mucho de que hablar. Y ahora que lo pensaba, no nos habíamos molestado en conocernos como tal. No sabíamos los gustos del otro, los pasatiempos. Al menos no actualmente, ya no éramos los mismos ingenuos que en la universidad. Ya han pasado diez años, las conversaciones y discusiones que tuvimos en aquel entonces eran humo. Esas dos personas no existían, habían muerto. Ahora éramos nuevas personas con nuevos gustos y aficiones.
Apenas y nos estamos llevando bien nuevamente.
―¿Cuál es tu color favorito? ―Fue él el que preguntó.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...