Di marcha atrás desde un nuevo ángulo. Uno que me permitiría joder la puerta del conductor. Algo que tengo por seguro de esto, es que la factura para reparar el jardín iba a ser costosa, pero bueno, no lo pago yo.
―¡Perra estúpida, detente! ―El padre de Derek metió su mano por la ventanilla, mientras que estaba distraída retrocediendo con cuidado.
Forcejeó para abrir la puerta y batallé con su brazo, tratando de sacarlo. Le enterré las uñas con fuerza..
―¡Déjame en paz, maldito viejo!
Subí el vidrio y terminé atrapando su antebrazo con la ventanilla. Estaba gritando y no era consciente si le podía arrancar el brazo, así que volví a bajar la ventanilla y abrí la puerta de golpe, logrando derribarlo. Una vez que se encontraba en el piso, cerré la puerta y aceleré, logrando impactar la camioneta nuevamente. Esta vez no me detuve, arrastré el vehículo de cuatro ruedas hasta que estuvo contra el paredón del jardín.
―Y eso es lo que opino sobre sus malditas amenazas ―dije para mí misma, riéndome.
Vi al exterior, analizando mi entorno. Rodolf continuaba en el piso, con las manos en la cabeza, viéndome con horror. Katherine por otro lado, estaba arrodillada de la impresión, con una mano en la boca y la otra en el pecho. El resto de los empleados estaban riéndose a carcajadas, otros grabando con sus celulares.
Y fue cuando la vi, a Carla, con un balde de agua en las manos. Se lo arrojó desde una distancia a Katherine, mojándola de los pies a cabeza.
A esa mujer le encantaba echarle agua encima a las mujeres malvadas.
Con total confianza, me dirigí a la salida. Noté algunos guardias corriendo hacía mí, haciendo señas para que me detuviera, pero ninguno tuvo las bolas para ponerse frente a la camioneta. Supongo porque sabían que estaba fuera de control.
―¡Señora Erika, no tiene permitido salir! ―gritó uno de los empleados.
¿Cómo qué no lo tengo permitido? Ya Martín no está para lastimarme, ni mis padres. Ya no corro ningún peligro en las calles. El único peligro que existe en estos momentos, soy yo.
Salí de la propiedad, conduciendo con la mayor seguridad. Puse en el sistema de navegación la dirección de Kira. Era algo lejos, pero tenía el tanque lleno.
Conducir era más fácil de lo que pensé, y como me sabía las leyes de tránsito de atrás para delante, no tuve ningún inconveniente, porque sabía que se debía y no hacer.
Pero lo difícil fue estacionar. Luego de tres intentos, tuve que dejar el auto atravesado en el portón, porque no lograba centrarlo. Me bajé y observé el vehículo por primera vez desde que lo choqué. ¡Y Dios Santo! Estaba echo un saco. El parachoques estaba colgando, la matrícula debió caerse en el transcurso del viaje, las luces reventadas y el capó hundido.
Pensé que la gente se detenía a mirarme porque les parecía fabuloso ver a una bella mujer en una gigantesca camioneta de lujo. Por suerte no me encontré a ningún policía.
―Ni modo, hay cosas más importantes que resolver ―Le dije a nadie en particular.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi cruel esposo: Cayendo en su trampa
Oye si ya pagué para desbloquear capítulos y me regreso porque siguen bloqueados creo que no está bien...